Elegí ir por donde más te guste...

25.6.09

51

Lunar: la lengua francesa llama así a esas partículas morenas o negras, algo prominentes, que vienen a veces (y en alguno/a/s con frecuencia) a hacer punto, marca o grano sobre la piel. En lugar de manchar la piel, hacen resaltar su blancura, esto es al menos lo que gustaba decirse en los tiempos en que la nieve y la leche servían de comparativo por excelencia para la piel de las mujeres. Éstas se ponían entonces, en caso de necesidad "lunares postizos" de terciopelo sobre las mejillas y sobre los pechos. Hoy gustan las pieles más morenas, tostadas o bronceadas, pero el lunar guarda su atractivo: señala la piel, baliza su extensión y la configura, guía el ojo y actua sobre él como una marca de deseo. Por poco, nos gustaría decir que el lunar es un germen de deseo, un minusculo trazado de intensidad, un corpúsculo cuya tez oscura concentra la energía del cuerpo entero, como lo hace también la punta del seno.

Jean-Luque Nancy, 58 indicios sobre el cuerpo

¿Qué pasa si te ataca un índice?

Tengo miedo de que mi indice me ataque. Y no metafóricamente, es decir, que sea usado en mi contra, sino literalmente: tengo miedo de que mi índice me ataque. Como tiene cuatro páginas, podría tener dos brazos y dos piernas, materializarse como un pequeño monstruo de papel con sus bordes afilados y cortarme la cara. Supongo que para eso tendría que imprimirlo (¿qué peso material puede guardar lo virtual?). Si el sueño de Martín Fierro era más que transparente, todavía no logro entender al mono que corría por el borde de la ventana de Maipú. Ahora tengo ratas, supongo que por eso el mono no vuelve, lo extraño. Extraño todo.
Mi pequeño Frankestein de papel, ahí chiquito, humilde. Ahora le tengo ternura. Nadie fue atacado por un índice de papel. Sí por barriletes (la asociación libre en análisis está logrando maravillas). Creo que nos habíamos ganado un frasco con unas frutillas pintadas horribles. Mi papá me dijo, entre indignado y consolador, que mereciamos el premio a otra cosa. Lo mismo me dijo con la bandera en el secundario. Por suerte, luego obtuve otro reconocimiento. Ya sé! tal vez sea la medalla la que me ataque. Una buena medida sería intentar venderla ¿cuánto dinero te dan por una medalla gorda, redonda, inservible? ¿aumenta si la acompaño con la foto del diario? Igual no da tanto miedo, con sus bordes de canto.
Mi pequeño Frankesitein de papel. No tengo un perro para acariciarle la cabeza y mi idea de ponerles un resaltadorcito a las ratas en el lomo para que me hicieran companía no está dando resultado. Tal vez podría acariciarle la cabeza al índice. Suena algo sexual, no sé, largo y cabezón. Acariciarle la cabeza al índice.
Las posiciones están tomadas. Siempre, siempre, siempre son posiciones éticas (y políticas). Hay momentos en que reclamar una inocencia me suena demasiado a lo que Viñas llamaría un entre-nos de la clase. Con J. inventamos un mundo, y mal que mal estamos orgullosos de ello.

13.6.09

III

Yo no espero que él me llame. Pero si hay algo que aprendí en análisis es que tengo que cerrar historias. Si mi psicologa me viera hoy estaría orgullosa

Pero si ni siquiera empezó

No importa. Yo tengo que cerrar igual. Le voy a mandar un mensaje y no voy a responder nada que llegue después de las doce de la noche. Nada.

23.3.09

Jugo de naranja

Ok. Cinco minutos después de irse, él sube, todo transpirado, y me regala un juguito de naranja. De esos que vienen en cajita azul. Despues de ocho años, eso es el sentimiento en acto.

11.2.09

Entender

Cuando alguien dice "no sabés cuanto te entiendo" se siente un resto de empatía. Un haber estado antes ahí que autoriza al hablante. Y sin embargo, si yo declaro no querer perder el exterior, tal estar ahí no exite. No existe, porque hay que leer un autor que se deleita desarmando los espacios cuando lo que más se necesita es armar uno.

Estar ahí es ver a Rosario convertido en un mapa. Con su zonas rojas, verdes, azules e inimaginables. Es verme yo tomando el colectivo hacia exactamente sé donde sin saber la forma material del final. Es espiar las cortadas viendo la alturas de las casas y los árboles, imaginando la siniestra pobreza o arrebato de cartera (o de notebook, al caso da lo mismo o no) que te auguran que se esconde detrás de cada calle, de cada avenida, de cada vuelta.

¿Por qué pienso el dormitorio de rojo y le compro ventanitas a mi mascotita virtual?

Yo se exactamente donde se cortan las lineas y cuales corren paralelas y cuales perpendiculares. No estoy muy segura, eso si, de que sirva para algo. ¿Cuántas tarjetas de colectivo voy a tener que gastar?

5.2.09

II

"Me pasás una moneda".
La chica, que llenaba con detergentes el estante inferior de la góndola del supermecado, se irguió acomodándose el pantalón.
Caminó hacia las cajas.

Juliana ¿manualidades?

Estoy intentando trabajar sobre una novela de Chejfec. No deja de sorprender nuevamente la premonición arltiana: en el 92 escribía sobre la pauperización de la ciudad, sobre casas precarias construidas en las azoteas de otras casa y de edificios. Hay una escena: los futuros habitantes esperan que (unos hombres) le terminen de construir su casa, para eso han apartado antes todo lo viejo que usurpaba el terreno virtual.

Siempre tuve una atracción indefinible hacia la reconstrucción. Me atran las tramas (muchas veces edulcuradas por la solicitud hollywoodense) en que x empieza con un espacio mínimo que va reconstruyendo con ingenio y los pocos recursos con lo que cuenta. Soy fan de Robinson Crusoe y supongo que hay algo de eso en mi atracción por Lost (por eso también tal vez me gustaban más las primeras temporadas, en las que debían casar jabalies y construir las tiendas (en el español neutro de las traducciones oficiales (como ahora bajo los capítulos de internet ese español se diversifica: del español español al español mejicano gana el que suba antes los subtítulos))). También me podría pasar horas mirando Extreame Makeover. Siempre, siempre que entro a un lugar evaluo sus potencialidads de transformación. Qué es lo que se puede construir, qué es lo que se puede pintar, qué es lo que se puede derribar. Lo que no entiendo es por qué no hago manualidades. No tengo una opinión formada sobre los programas de manualidades, sí sobre las personas que las realizan exponiéndolas como un valor. Mi habitáculo actual no lo permite, quién sabe tal vez en un espacio mas grande tendría una maceta con especies y haría botellitas de vinagre con albahaca utilizando los envases de Pronto.

De repente estoy ahí, en el espacio que ocupa un sillón. Pinto macetas para poner en el patio y entiendo la sensación cercana a la satisfacción que me produce ir a buscar los cuadros que ostentan sus gruesos marcos negros sobre el paspartú blanco. No, no es que me tenga que dedicar a eso. No ahorraría nada. Sería volver a poner todos los huevos en una misma canasta.

24.1.09

Bizzio

Formación

La noche será hueca y yo seré casto,
pero bailé.

(Otra vez el mar
alcanza la quietud de tu vestido.
El tiempo se ocupa de mi, que te acaricio, dormida,
y un bisbiseo

hace en tu cuerpo ya encendido la luz
de la luna, que viene, la llames o no).

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Nota

Vine a dejarte las llaves.
Encontré unos libros que te presté hace tiempo.
Me los llevo.
El desorden no es mío.
Lo único que hice fue sentarme unos segundos en la cama.
La ventana estaba abierta cuando entré y ya se habían volado
todas estas cosas

Sergio Bizzio, Te desafio a correr como un idiota por el jardín,
Mansalva, 2008.

22.1.09

I

No se dio cuenta de su ausencia hasta después de su partida.Siempre ocurría de ese modo. Luego de leer un relato bello, continuaba alguna acción maquinal. Esta vez fue sacar la basura. Vio el papel húmedo en el tacho y decidió no reemplazarlo. A veces, no siempre, hacía eso. Veia algo que debía realizarse y no lo realizaba. No había rebeldía en el acto, sólo pereza.
Solamente las grandes tragedias deberían escribirse

24.12.08

Composición. Tema: la silla

Todo es una cuestión de lugares. De lugares y de lógicas. Cuando se sabe que la paz no es posible y que el equilibrio es una utopía de no sé cual paradigma discursivo. Porque entre las tensiones que se concretan, se vuelven palpables (están en el aire), en esta época el diálogo es casi una utopía. Dónde me paro. Entre la rebeldía adolescente y la sumisión no encuentro soluciones que no sean una transacción de la dicotomía. O una exacerbación de un individualismo psicoanalítico que detesto. En un trabajo reciente afirmaba que "el narrador plantea la posibilidad de una tercera opción, que sería la seleccionada por Baroni, y que no supone una síntesis de las otras dos, en el sentido dialéctico, sino un desplazamiento". El desplazamiento. El ideal del desplazamiento.

La silla es entonces mi mundo y quiero ponerle fronteras y aduanas. El ideal de la soledad

15.12.08

Imagine Jane Austen

Hay un momento en que sabés que preparaste el sandwich de atún perfecto. No importa cuán tan Sex and the City suene y que tengas que pelearte con tu crítico literario que descubrirá en eso un clisé obvio, sabés que preparaste el sandwich perfecto. Y tenés los damascos en el pote.

La comedia romántica. La misma capacidad de catarsis que la comedia y la tragedia griega. Estás ahí. Te reís con los chictes del chico perfecto y al menos ahora pensás que vivís en el pariaso del final. Entonces no importa que sea domingo y que sea tarde. Sabés que mañana no te vas a levantar antes de las ocho y no importa. Volvés a pensar lo que vas a leer en las vacaciones, y hacés la lista mentalmente, una lista sobreexagerada, pero gracias a Dios volviste a hacer la lista. Con ganas de comprarte las novelas, de volver a identificarte con los personajes. Como en la peli, que descubren las vueltas del enriedo y en esas vueltas la propia vida. Estereotipo. No importa. Estás segura que esa fue una de las fuerzas originarias de esa experiencia que te obliga a no estar presente en ella. Hay una higuera en el pasado, y sabés que no es la de Sarmiento.

Entre el primer y el segundo damasco, tu hermana menor llama y te pide que le alcances las entradas hasta el lugar del reci. Le decís que no. Por qué. Te agarra un ataque sobremoralista en la justificación. Ponés la típica respuesta, la que sabés que funciona porque le recuerda al contexto conocido: tengo que preparar la cena. Vos no estás preparando la cena, no preparás la cena, nunca sería una excusa verosimil; estás viendo una peli, pero no importa. Sentís que vieja historias se repiten. Tal vez nos guste la posición de victima, pero esta vez decís que no y perdés esa posibilidad (sabés que siempre se puede reinventar ese lugar del que escapás).

Jane Austen. Escritoras del S. XVII. Contra viento y marea. Cuando no había una super producción de lo que seas. Vos sos así. Los momentos de gloria son breves. Un simple roce. Para escribir los happily ever after.

1.12.08

Lo obvio

Vuelvo caminando con dos bolsas enormes de una verdulería que queda a seis cuadras de casa (voy a esa porque Juan se enojó con la verdulera de la vuelta de casa y como a mí ya me había dado la peor manzana varias veces decidimos no ir más (las verdulería: todo un tema, hasta el punto de arriegar que uno debería mirar las verdulerías que se encuentran en la zona antes de alquilar)) y veo como una a una las cuadras están apagadas. Es decir: llegó el verano = corte de energía electrica. La sandía pesa más si pienso en el piso doce. Ruego con todo el cuerpo que los ascensores anden (sino le dejaré las bolsas al kioskero y buscaré un bar con aire, para leer el libro que siempre llevo y hoy no traje). Una a una las cuadras: intento distinguir si más adelante las luces de la calle está prendidas. La gente en los balcones, en las puertas de los edificios. Yo no tengo balcón. Si tuviera una casa la falta de luz no sería tan terrible. Me sentaría en el patio a fumar el cigarrillo que no fumo.

A la noche sí no va a haber luz. El piso 12 a oscuras me da claustrofobia.

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LLueve, es decir, llovió. Camino las cinco cuadras que restan de Oroño antes de llegar al río (no a Rio). El clisé: luego de estar tanto tiempo afuera comienzo a darme cuenta de qué es lo que los turistan ven en Rosario. Las casas, los árboles, el ancho del del agua, el cesped, la ausencia de tráfico y de smog. Definitivamente hay que adherir al slogan de la municipalidad. Uno piensa: en Buenos Aires hay más oportunidades si se quiere entrar en el mundo editorial. El contraargumento: también hay más gente que quiere entrar al mundo editorial y una carrera de edición. Yo acá, con mi beca de conicet, que causa más tensiones que descansos, haciendome bordear el límite de la depresión en los momentos en que pienso que la idea no va a aparece. Que por más que la busque, no va a haber fuerza que la invente. Camino por Oroño, y tengo una remera verde nueva.

Alguien tendría que decir públicamente que del MACRO lo mejor es el paisaje que se ve por la ventana del piso diez (tal como me dijo Juan: solo va a haber autitos que se chocan con el borde pero no por estética sino porque se les rompieron los ejes).


12.11.08

Las vueltas (y no de Aira)

Las vueltas son así. Nos quedamos sin palabras por unos días. Exploramos el territorio con miedo de no acordarnos (doble sentido: en español y en portugués). Buscamos el café que tomabamos antes. Como somos maniáticas gastamos carretillas de tiempo en sumar uno a uno los gastos, comparando tarjetas, evaluando las pérdidas y las ganancia. Porque de eso se trata ¿no? De realizar un balance, de sabér qué nos olvidamos, qué cambiamos, que nos gustaría mantener, qué nos gustaría cambiar.

Exponemos el bronceado con la remera de breteles más finitos (y vigilamos excesivamente la balanza). Nos acomodamos enfrente de la pantalla grande y regulamos la silla, agradecidos por las contracturas que nos evitaremos de aquí en más. Obvio. Seguramente los regalos que trajimos no le van a gustar a nadie. Seguramente no gastamos suficiente dinero en ellos. Seguramente trabajamos o demasiado poco o demasiado mucho. No hay, no existe la experiencia del equilibrio ni en la épica ni en la no épica del viaje.

Siempre está la posibilidad de que esto se torne intimista. Cuando se vuelve, se espera no perder el exterior. Las vueltas son así. Nos damos cuenta de que no tenemos jugo, de que no leimos suficente teoría. Y agarrandonos a la épica coheliana que sin duda deja vivir mejor, nos enfrentamos al temor de no tener nada nuevo para decir, nos mentimos otro poco para sentirnos mejor y programamos, en busca de algo de cientificidad, la próxima visita al analista. Y seguimos (el objetivo: desperdiciar tiempo). Ella y yo. Zoe y yo.

6.11.08

Guión de despedida

Los tiempos apremian. Mis despedidas son así: quiero hacer todo en dos días, llenarme de Rio para luego sentir saudade. Tengo ganas de volver, no hay nada más lindo que saber que se puede volver.

Puedo escribir apenas un guión, porque a las 17 me voy para el aeropuerto y salió el sol y me quiero ir a la playa. Un ayuda memoria, para el que después tal vez invente un tiempo presente.

Lunes

Vino Adriana. Vamos a Parque Lages, tomamos un jugo juntas, ellase va a la PUc y yo vuelvo al parque. El cuidador me dice al al jardin botánico de dicen maurisinho (que quiere decir que está muito arumadinho, muy ordenado), se tienen pica, un boca-river. parque lages no. la vegetación se desborda por todas partes. Subo por al lado de las cascaditas, en un momento se larga a llover, en otro hay sol. Me meto por un caminito, hasta que llego a un punto desde el que se ve toda la lagoa. En la lagoa hay sol, a mi me moja la lluvia. La vista es una despedida perfecta. Escucho Marisa Montes.

Me voy a caminar por al lado de la Lagoa. No la había visto desde este lado la ciudad. El clima es perfecto, porque las nuves densas, formaditas, y el sol después de la lluvia potencian los colores. Me siento a descansar en el borde, el vientito fresco me redime del calor del parque. Me reconcilio con esa masa de agua en el medio de la ciudad (en algún momento me pareció un sólo un depósito de agua sucia).


Martes

A la mañana me voy a la playa como una diva. Con mi vestidito, mis anteojos (y bue una bolsa de supermercado). La playa de Urca es un sueño de mañana. Leo Umpi.

Tarde. Con Cristian vamos hasta Barra da Tijuca. Im-pre-sio-nan-te. Arena blanca como en las peliculas, fina, y una agua casi turquesa. Son playas extensas, enfrente de unos edificios de tres pisos con balcones de vidrio, en donde uno quisiera irse a vivir.

Noche. Despedida. Mis compañeras de excursiones y de compra y Cristian me organizan una despedida, semi argentina, semi brasilera. Empanadas de carne con caldo de feijao. Cuarteto con samba. Emocionante.

Miercoles

Mañana. Nuevamente diva a la playa. Desayuno ahí, en frente del mar, un salgado y un licuado de frutilla. Leo Umpi.

Tarde. Clase en la PUC. De ahí a Ipanema. Compramos el regalo que nos faltas y caminamos por la playa. Tomamos una cerveza al lado del mar.

Noche. Humaita. Vamos a cenar con Adriana a una feria que hay en Humaita. Es un predio con un montón de restaurantes. Comemos pizza (otra despedida: me despido de la pizza Margueritha,de las pizzas riquisimas de Rio (pienso que tengo ganas de ir a Santa María)). Charlamos de literatura. Es como estar en Argentina, es el calorcito de estar en Argentina. luego vamos al depto y comemos helado y chocolates. Llueve.

Hoy

Ya preparé la valija, no tendría que pagar mucho sobrepeso. A pesar de que anoche llovió ahora está saliendo el sol así que me voy a ir a la playa de Urca a terminar de leer Umpi.

No puedo creer que mañana estoy en Rosario. No puedo creer que no estuve en tres meses. Para mies como si hubiera pasado sólo una semana, me parece ayer que me tomé el avión. me aprieta el estomago de los nervios, me doy cuenta que hay cosas que no recuerdo como las hacía. ya voy a ir recuperando las rutina. Gracias a Dios, tengo ganas de volver.

3.11.08

Imperiales: Petropolis

Y como Rio les queda chico, las chicas (adictas a las compras) se van a Petropolis. Por más que me estoy mareando cada vez más, y que pienso que los colectivos que realizan este trayecto deberían llevar bolsitas como la de los aviones, cuando salimos de la ciudad el paisaje atrapa (no voy a contar de nuevo el recorrido por las fabelas, creo que ya quedó claro, hay varios Rios y no todos son Ipanema (no hay que caer tampoco en el lugar común de la ciudad partida, ni la pobreza ni la riqueza es homogénea, eso se ve bien cuando se sale para ir a otro lugar o cuando se recorre una y otra vez el centro, por eso creo que me molestó tanto la película, por la dicotomía del clise totalmente aceptada y vendida como producto de importación)). Vamos dando vuelta a los morros, y si se mira para abajo, quedan laderas enormes que descienden en picada, pero no del color de la piedra, sino cubiertas enteramente de vegetación. Son morros que se superponen enteramente verdes, cortados sólo por unos árboles que dan unas flores de un rosa intenso (y que hace que su entorno se convierta en un vestido carioca).

La ciudad, en realidad, el centro histórico de la ciudad, es bello, bello. De esa belleza armónica, que a veces dejamos de lado por muy clásica, pero que cuando aparece así continúa impresionando. Son construcciones similares a las que se pueden ver en Rio, pero todas reunidad sobre una avenida verde con el contrate de los morros de fondo (y sí, voy a ser burguesa, todo está más limpio y organizado, y eso resalta la belleza de una manera diferente que como resalta una construcción histórica al lado de un predio de 20 pisos o en medio de la basura del centro,; una belleza que exige una manera diferente de mirar: en Rio, cuando estamos en frente de estas situaciones, luego de admirar el contraste (ya todos leímos a Benjamin así que sería poco snob no admirar la belleza de la alegoría barroca (más allá que de hecho la admiremos sinceramente y que haya sido lo que muchas veces nos atrajo de la ciudad)) se tiende a cerrar la mirada, se enfoca el detalle, se borra el entorno; en el centro histórico de Petropolis, la mirada se abre, se funde con el ambiente de la misma manera que increíblemente la vegetación exuberante se funde con las mansiones que nos hacen acordar un poquito a la avenida Oroño, se entra en un ambiente, que carga con algo de lo aurático de una película de época.

Nos organizamos, como dice Sole, viajes de princesas (por qué no Anastasia de Disney, (insisto en imaginar Rusia y no Versalles, el clima opuesto, en vez de huir del calor, la familia imperial debería huir del frío)). Caminamos hasta la iglesia por la calle central: nos rodean las mansiones y la construcció gótica se levanta contra el paisaje como si fuera pegada sobre un fondo de dibujito animado. Llegamos al final de una misa. La belleza profunda y sacra del canto del coro. A veces me gustaría haber nacido en Iena (y no justamente por la promiscuidad del grupo) sino para confiar sin peros en la posibilidad de la poesía de alcanzar lo innefable.

El palacio Imperial queda para la tarde. Nos ponen unas chinelitas ridículas y comenzamos a recorrer los aposentos de su majestad. Soy un producto de la posmodernidad: me encantan los palacios armados con el mobiliario original (no me digan que pueden ser de mentira, ahí el dragoncito hecho caricatura me dice que son de verdad y yo le creo). Diseñar una cotidianidad a la medida de esos objetos que van llenando las habitaciones, exactamente lo que Gumbrech quisiera que dijera en función de confirmar sus hipótesis en parte bestselleristas.

Terminamos, como se termina todo cuento, con un paseo en un carro tirado por caballos blancos y majestuosos, con un cochero de galera, que nos deja bajar y sacarnos fotos, sobre la superficie histórica, en los pliegues de la superficie histórica. Es que así aprendimos a lidiar con el sentido. A generar efectos de realidad.

2.11.08

And again, and again: sobre la cotidianidad y la experiencia

Uno de los beneficios de la residencia es que se puede escapar al exceso de novedad conocida del turismo. Se puede repetir una y otra vez el mismo lugar, armando una cotidianidad con el espacio, que no por eso deja de sorprender. Pero para mí, que mi relación con los lugares (para no decir con algunos aspectos de la vida) pasa por una exageración de ese rasgo turístico, el escapar a la novedad me deja siempre la sensación de que podría (debería) haber hecho otra cosa.

Viernes y sábado además de desafiar al clima, a un dolor de cabeza que parece que quiere dejarme en cama, desafío mi deseo de novedad, porque si hay algo que aprendí durante estos meses es que no sólo en lo nuevo se encuentra la experiencia. Entonces, el viernes a la noche vamos a Lapa con Cristian (contaba entonces que creo que visité más veces Lapa que Ipanema!! es que ese barrio y sus alrededores parecen tener siempre algo más para ofrecer, algo más que me falta hacer). Al mismo restaurant que descubrimos con las chicas, el Arco Iris, bueno, bonito y barato. Y después vamos a la rueda de samba, que hacen en un barcito en la calle, con muy mal sonido, pero con un repertorio que parece siempre incluir algo que Marisa Montes haya cantado y un poder de convocatoria tan amplio que ninguna de las veces encontramos mesas.

Y el sábado, con las muchachas adictas a la compra, volvemos a la feria de la calle Lavradío (sí Lapa de nuevo pero de día (es como si de día uno nombrara el barrio por sus calles y de noche es solo una palabra, para resumir todo lo que se abré ahí, en esa multiplicidad de ruas)). Termino de comprar regalitos (no se que haría sin la Sole y sin Denisse que me salvan de mi indecisión creciente conforme se acerca la partida), y volamos a Santa Teresa a comer feijoada en un barcito divino, con rejas viejas. Luego tomamos un café en una librería que yo no había visto (ven, como diría Cortazar, lo fantástico está en lo cotidiano (sí, sí, compañeros de letras, una cita de cuarta)) y comemos uno de esos postres de chocolate y mousse que combinan perfecto con la mesa en la que nos sentamos. Lo impresionante de ambos lugares son las vistas, lo bohemio pero no preparado para el turista, sino vivido, cotidianidad desde los que uno supone los ateliers. Por último, un negocio de ropa vintage. Toda, toda, una diva, sólo me falta el dinero (literalmente)

Lo nuevo viene de noche. Trapiche Gamboa. Debe ser uno de los lugares más hermosos de Rio. Un boteco (aunque algo chiqui) en el que se hacen ruedas de samba. Como no reservamos mesas, nos toca el patio de la terraza, y obvio es divino. Techos altos, ladrillo visto y la cantidad de gente justa. Hay que ver como samba Denisse. La parte de arriba del cuerpo no se mueve, así que los brazos quietos muchachas, nada de esa cosa de viejas con los bracitos alzados. Cuando ella me dice que sambo bien, que soy toda una carioca, brillo de alegría. Yo nunca fui de las bailarinas del grupo de amigas, siempre quedaba en segundo plano, por falta de ganas o de lucimiento. Tal vez lo que me faltaba era sambar en Rio.