martes 22 de diciembre de 2009

Terreno

Iba a escribir: "Estoy tirada en el suelo, blanca, y no sé quién soy". Hay algo entre la baldosa y yo. Entre el parquet y yo. Estoy de rodillas ahí, me apoyo sobre los talones, espero. Una mirada y siento una presión sobre el cuello.

Tengo ahora un pedazo de tierra. En realidad un papel que dice que tengo 13 metros por 32 metros que son míos. Nuestros. De ahí para arriba está el problema. Cómo subir siempre es el problema. En el barrio hay una casa enorme al lado y otra detrás. Después, más cerca de la esquina, casas cuadradas sin rebocar. Seguro hay perros. Si camino dos cuadras, una para el lado del río y una para el lado de Rosario, hay un campo. El sol de verano debe caer recto sobre lo que haya plantado, soja. Hojas verdes y gruesas. Si camino 8 cuadras para el lado del río, desviándome una para el lado de San Nicolás, está la barranca. A la izquierda caminando una cuadra, un casco de estancia. En el mirador hay aparatos de madera para hacer ejercicio. Si desde el punto de partida camino 5 cuadras al sur, está el aeródromo. Después, supuestamente, un conjunto de casas humildes. Antes, antes de llegar a la única calle pavimentada, lo que pensamos que era un descampado, cruzado por la diagonal, y que en realidad es una granja para chicos con capacidades diferentes. Más, creo que no sé.

Toda territorialización supone un desterritorialización equivalente. Cuando uno poda el árbol siempre queda una dureza. Y viceversa, cuando uno lo planta. Entonces árboles y sierras, correas en el cuello y pies descalzos. Eso es lo que nadie lee. Toda desterritorialización supone un reterritorialización paralela. Yo no puedo hacer que el devenir se detenga en la afirmación de que el río, aunque todavía no se note, viene de crecida.

lunes 30 de noviembre de 2009

Lado B

Me voy a mudar a un departamento chiquito y blanco. Todo va a ser blanco. La cocina va a estar separada del living-comedor por una barra blanca. Va a seguir una mesa rectangular, con un extremo sobre la pared y cinco sillas blancas. Luego un juego de sillones blancos, con una mesita de café sobre una alfombra blanca. Después un balcón con el sol de frente enmarcado en blanco. Va a haber un florero naranja, un cuadro abstracto sin marco de colores fuertes sobre el sillón y tres círculos verdes sobre la mesa. Después, voy a tener un perro blanco. La habitación con una cama blanca, pantuflas blancas y toallas blancas. La frazada va a ser del mismo verde que los círculos del comedor. Voy a quemar la pupila hasta no poder ver, hasta no poder ver, hasta no poder leer. La luz como púas en los ojos, perforando despacio el cuerpo, sacándome las uñas.

Una bata blanca, un moño blanco, un gato blanco que me araña la cara.

Necesito un exilio mental.

viernes 27 de noviembre de 2009

Notas para el análisis

Anoche soñé que unos chicos querían robarme. Uno más en una larga serie de robos, de sueños de robo. Yo los veía, veía que veían cuando guardaba la plata en un portacd rojo que tenía en las manos. No atinaba a cruzar de vereda, seguía caminando por la misma. Pasaban al lado mío intentaban arrebatármelo y no llegaban a rozarme. Eran pibes, chicos y morochos (hasta los sueños tienen contenido social). Seguían hasta la esquina y volvían. Volvían con unos cuchillitos chiquitos de esos que parecen para untar manteca. Me daba cuenta de que eran inofensivos, pero no estaba totalmente segura. Estoy entre los dos, es una esquina de calle San Luis, creo que Laprida, por la tienda de telas que hay detrás. Me amenazan. A uno de ellos se le cae el cuchillo y yo lo levanto. Los amenazo. "Seguimos". Salen corriendo. ¿Por qué amenazo a alguien con cuchillos que sé que no pueden hacer daño? ¿por qué dejo que me amenacen con los mismos cuchillos que sé que no pueden hacer daño?

Cuando el otro día me robaron en el colectivo no me dí cuenta. Percibí que miraban el bolso, pero pensé en mis prejuicios de clase. Eso me pasa por creerme una intelectual. Por jugar el jueguito pelotudo del progresismo. Vi el bolsillo abierto cuando llegué a un seminario sobre, justamente, un escritor de izquierda que enlaza su teoría de la literatura con su teoría de la totalidad social (¿qué sentido tiene pensar un sentido de realismo como lo piensa Luckacs sin esa totalidad social? sin la totalidad social todo se vuelve realismo, sin la totalidad social todo se vuelve pos). Ella habla de Lenin y Engels con una pasión que le envidio, a pesar de que sé que no sabe la cantidad de congresos que debe tener por año, que no sabe de su incoherencia sustancial.

Rial puede decir en la misma frase que no le parece mal la televisión basura que se hace (y no me refiero claro esta a toda la televisión como entretenimiento, sino particularmente a cierta televisión como entretenimiento) y que no deja a sus hijas ver televisión, sin ver ni sentir la incoherencia de tremenda idea. Si lo que hacés no es bueno (ya ni siquiera digno, sino simplemente no nocivo) para que lo vean tus hijas ¿cómo mierda lo justificás? Cuando decís que es responsabilidad de los padres la cantidad de televisión que ven sus hijos ¿no sabés que hay miles de pibes (los que seguramente me roban en mis sueños) que no tienen padres que le digan que no pueden ver televisión? ¿que hay miles de padres que no pueden ver la diferencia que vos sí ves por los privilegios (de clase?) que tenés?

Ya sé que Deleuze alababa las incoherencias de la personalidad, que Pardo dice que es ahí donde está la intimidad. Es obvio que esos momentos de Rial son de la más intensa intimidad. Pero la derecha ha expandido su intimidad por los medios, por las calles, por los kioscos. Sus incoherencias se han vuelto el sentido común. ¿Cómo exigir coherencia sin abandonar la posición de intelectual? ¿cómo pensar la resistencia a una cultura monolítica, a la cultura como institución, cuando se hace de la incoherencia el procedimiento?

(Iba a decir que ahora tengo un monederito azul con flores, del que cada vez que saco los billetes se caen las monedas, en el que no entraría seguro el cuchillito del sueño. Pero... ¿importa?)

jueves 26 de noviembre de 2009

Vieron, después no digan que no les avisé...

"(Gianera) --Nadie debería sorprenderse de que tus personajes sean paranoicos.
(Bizzio) --No solamente paranoicos; también fóbicos y felices."

Entrevista de Pablo Gianera Sergio Bizzio - ADN - 18/04/2009

lunes 16 de noviembre de 2009

Conventillo

Cuando voy a colgar la ropa en general hay una sola jaula ocupada: la de la señora que vive dos pisos más arriba. La historia la averiguó J. en alguna ida y vuelta en ascensor: ella era maestra, tuvo un ataque de presión del cual nunca se recuperó totalmente, el hijo tiene una pequeña discapacidad, el marido se quedó en un momento sin trabajo, ahora parece estar subocupado. Viven los tres en un departamento como el nuestro: 40 m2 en que se dividen dos habitaciones minúsculas, un baño minúsculo y una cocina comedor living todo en uno minúscula. Supongo que deben ser la imagen perfecta del desastre. Yo les huyo sistemáticamente (otra más de mis huídas injustificables desde el punto de vista moral). Trato de no subir con el padre porque su mal humor se mueve en ondas expansivas y cuando llegás al octavo piso no podés respirar. Y yo no tengo ganas de escuchar, ni sobre la inseguridad, ni sobre la inflación, ni sobre lo que compró en el super. Como si fuera poco, el otro día me di cuenta de que es el hijo el que fuma en el ascensor. Y me dio bronca. Mucha bronca, por todas las veces que subí y me llené de humo, porque se bajó fumando y yo no podía llamar el otro ascensor porque el sistema idiota que instalaron no te deja (además, mi imaginación se expande a través de la posible existencia de una perversidad que no logro descifrar y no puedo evitar que me inquiete a pesar de que J. me aclaré una y otra vez que es imaginaria).

Pero ella, ella simplemente me da miedo. Hoy cuando vi la ropa tendida y me di cuenta de que la otra jaula ocupada iba a ser la mía me dio miedo. Es la imagen exacta de lo que yo tengo miedo de ser. La imagen perfecta del final más desastroso, un final que no tiene nada que ver con los finales de cine catástrofe (prefiero mil veces el sueño en el que el río se mueve en olas inmensas hacia el edificio y no nos ahogamos de una porque estamos en el piso doce, pero sí debemos reaccionar antes de que el agua suba mucho más y seguramente no reaccionamos). Cuando nos cruzamos en la terraza, mientras tendemos la ropa, hablamos del clima. Ya me dijo dos o tres veces que nunca vivió en un departamento tan chico y yo no me imagino cuál es el antes que queda tan cerca, porque el vivir en un departamento chico parece ser siempre un presente que la sorprende, cuando en realidad ya hace mucho tiempo que viven en uno. Hablamos de lo fácil que se calientan estos departamentos en invierno pero lo calurosos que son en verano. Yo siempre respondo lo mismo: que mientras no hace mucho calor, mientras aguantan, son super frescos, pero que cuando el calor se te mete es imposible refrescarlos. A veces le digo que prendí el aire. En general me responde: "dichosa de vos que lo tenés" (sí, en ese orden medio de hipérbaton y con ese arcaísmo). El otro día fue un poco más allá: me contó que se le había roto el ventilador y que estaban pensando en comprarse un aire. Supuse un ventilador de techo, obviamente no lo era. Se le había roto el turbo, y de todas maneras comprar otro turbo no tenía mucho sentido, porque no dan mucho y siempre le da a uno sólo de los dos (me quedó la imagen patética de ellos dos en la cama con el turbo que no sé dónde ponen porque la habitación es literalmente de dos por dos).

Lástima. Pienso en las personas que realmente viven acá, en este edificio que parece tener escrito fracaso y decadencia en todas las paredes. En estos departamentos en los que no podés meter un sillón porque el pasillo es demasiado estrecho, eso suponiendo que te las arregles para hacerle lugar en la cocina-comedor-living-todoenuno minúscula. A veces pienso que es mejor vivir en una villa que soportar esta decadencia. Que el otro tipo de pobreza degrada menos que este tipo de pobreza. Que estar gritándole a los estudiantes los viernes a la noche que se callen puede llegar a ser peor que tener poco para comer (pienso en las novelas que leo, la pobreza extrema siempre se salva, pocos se animan a la medianía insoportable, y cuando se animan ya sea el lenguaje, el artificio de la forma, o un hecho extraordinario los redime, desde Joyce hasta Saer). Sé que no, pero a veces realmente lo creo.

Cuando renovamos el contrato, sentí que el edificio se me caía encima. Será por eso que huyo.

jueves 12 de noviembre de 2009

¿O qué?

El asiento de la bicicleta era de un rojo brillante. Por un segundo pensé que alucinaba, pero no: era de un rojo con brillitos, como con destellos plateados. La señora que la conducía se había atado al cuello una campera de esas rompeviento amarillas. Parecía una capita, era una capita de superhéroe cuando la miré desde atrás con el asiento rojo brillante. Cuando se dio vuelta me asusté. Algo en su cara hizo que me asustara: los destiempo que suponía la imagen se acentuaban en el rostro, los atributos de nena en esa señora mayor que sin embargo encajaba perfecto en el tamaño de la bicicleta para chicos, bicicleta que debía ahora comenzar a empujar cuesta arriba. Como si su cuerpo se hubiera deformado para caber, para ajustarse perfectamente a esa fantasía infantil. Y yo corría y corría.

Lo otro fue una lucha. Una lucha arcaica que se redefinía con el monumento como paisaje épico desgastado, repetido. Era la lucha entre el olor y yo: calamares, bichos de mar, y mostaza. Por una parte, la satisfacción de esa invasión de las afueras hacia el centro, de los barrios hacia el patio trasero de los que pueden pagar un departamento con vista al río. Grupos y grupos de personas. Por otra parte, un enojo, un asedio, una molestia. Quiero creer que no me molestaban ellos, ellos que yo no soy. Creo que me molestaba el espectáculo que se les monta como divertimento de circo para decirles esto también es de ustedes: vengan y exprésense(n). La paredes, el cerco negro, hacen que todo se convierta en escenario. ¿Quiénes son los que se ríen afuera? that is the question ¿isn´t it? Que violencia la mía, pensar que esa apropiación es hoy imposible.

Y yo corría y corría (esta vez por la avenida para evitar las ordas, los malones, las antenas de televisión).

Al menos concédanme que requiere cierta valentía escribir esta mezcla de rechazo de clase (hacia arriba, hacia abajo, hacia ninguna parte), moral setentista y capricho de nena maleducada. Hubiera sido más fácil y más digno celebrar la expresión de lo popular desde la posición del dandy que se regodea en el encuentro con la diferencia.

lunes 9 de noviembre de 2009

"Arrodillada en mi boca"

¿En qué extraño recoveco de la vida me perdí?

miércoles 4 de noviembre de 2009

Aburriendo camillas verde hospital

El problema ahora parece ser el aburrimiento. No hay nada más burgués que el aburrimiento. Si lo pienso bien, no hay nada más burgués que el psicoanálisis. 240 pesos por mes para hablar de nuestra insignificancia (porque sí somos insignificantes). La reformulación del comportamiento burgués en la era de los pos es el blog. Hoy no hay nada más posburgués que tener un blog.

Y sin embargo, el aburrimiento tiene el peso de lo concreto, el gusto de lo concreto, las consecuencias de lo concreto.

Me da vergüenza. Pensar en vacíos, escribir sobre vacíos, huir de la crónica en la tradición de la peor escritura de mujeres. Debería escribir el verdadero tedio. El depilar una persona tras otra durante, qué, ¿doce horas? Es que no sé cómo hacer, no sé cómo evitar la épica del esfuerzo. No sé, además, cómo evita el miserabilismo. Después de cuánto tiempo las partes del cuerpo, ese mismo cuerpo con el que yo lucho, se vuelven indiferentes. En qué momento una pantorrilla da lo mismo que un muslo, que una entrepierna, que una cola.

Y encima la banalizo con el debería escribir (a ella y a la moza). Debería escribir que duerme en la misma pieza con su hija de nueve años. Debería escribir que la casa de su hermana quedó en el medio de un allanamiento antidroga en uno de los peores lugares de Villa Gobernador Gálvez. Debería escribir que tiene epilepsia. Que quiere tener otro hijo y que me pregunta por qué yo no quiero tener ninguno.

La pregunta más sincera debe ser esa ¿por qué no tener un hijo ahora? Y de nuevo el yo. Aira tiene razón, aunque lo diga de un lugar totalmente diferente, al insultarnos (que pretencioso incluirme en ese nosotros, pero no importa, total, ya estoy en la grieta de la falta). Tiene razón al insultarnos, aunque carezca de la autoridad para hacerlo.

martes 3 de noviembre de 2009

Al mejor postor

Necesito fábulas. Necesito deshacerme en mil historias. De a poco, despacito. Ser miles de yo y que alguien las mire. Que alguien nos mire actuar. El movimiento de la mano. El avance del pie, la torsión del muslo. Siempre hay una luz roja que se difumina. Son miles de historias privadas o, mejor dicho, en el borde de lo íntimo y lo otro. Suponen la invención con algún aspecto de realidad, no son pura imaginación, no sirvo para ser princesa ni bailarina.

En un momento dejo todo y me voy tres meses a alemania, en otro tengo unas piernas largas y una pollera blanca, finalmente tengo panza y después salgo a correr por el campo y me quedo estática mirando el río desde una barranca ajena. Los críticos dicen realismo, y vacían cada vez más el término.

Darme vuelta,vaciarme, como la cáscara de la naranja cuando no la pelás. Quiero contarme, mil veces, al revés, en pedazos, por los dedos.Busco oyentes en los lugares más inverosímiles, donde nadie quiere oir. Vendería mi cuerpo a aquel que me de "la historia". A aquel que me cuente la historia al reves.

Jugamos en un límite. Estamos jugando en el borde del precipicio. Vos lo sabés, yo lo sé y no decimos nada. Es que tal vez, sin romanticismo de por medio y con mucho rosa barato, ésta sea la única manera de jugar.O al menos yo sé, que en un momento, de noche, todo es vacío.

domingo 1 de noviembre de 2009

El Congreso

En un momento las butacas del Salón de Actos estaban vacías. No quiero decir que no hubiera gente, sino que estaban vacías. Una sensación en tandem, repetida, en serie. Algo que vuelve superficial todo el gran evento. Un nuevo gran evento. El tercero (o el cuarto, hay uno, en el medio, que es difícil de contar). Me entero de un tipo de repetición que me da asco. Que algo te de asco es muy fuerte, como que algo te de lastima. Asco y lastima entonces me da.

La transpiración entre las piernas, la cerveza que gotea como el sifón al costado de río. Ese enorme sentimiento de ignorancia. ¿Qué hacer con el otro cuando sólo podés hablar de él? digo, de él. Mirarlo, fascinada, articulando palabras que sabés idiotas. Orientar una entrevista hacia ningún lado, y después quedarte mirando avioncitos que aterrizan sobre heladeras y mesadas de cocina. Alguien me dice que no conoce a Aira, pero que es como su papá. Cuando terminó, cuando acabó creé una historia de felicidad. La nena deslumbrada por un escritor que afirma la alusión como método, por el escritor que mira guías en la biblioteca nacional (y el privilegio de saber que quizás nadie lo sabe). Por el escritor que es igual a sus personajes, ya que si bien como crítica no se debería afirmar semejante no hipótesis, como niña enamorada se puede llevar la imaginación más allá de cualquier límite teórico.

Hoy, de nuevo, el gran sentimiento de ignorancia. Soy de pueblo, se nota en mi fascinación por un hotel 4 estrellas. No conozco fotógrafos, apenas sé de pintura (ni hablar de cine y de mis películas favoritas). Yo no puedo escribir una novela sobre la melancolía, sobre el extrañamiento que produce el alejarse de un lugar. Por eso doy tantas vueltas sobre el clisé, porque soy un clisé: una ficción muy bien armada que en algún momento se va a quebrar y va dejar que el agua entre por las fisuras inundando todo. En el medio está el deseo: el de los otros puede agotarse, el propio nunca, siempre corre adelante. Elijo creer en lo que me dicen: en que si no hubiera querido estar conmigo, había miles de excusas para irse (cómo me cuesta creer eso, en todas las facetas de esta insignificancia que llamo vida o yo). A veces, me da miedo hacia dónde pueda correr mi deseo.

En fin, eso, nada: otro congreso que termina. El tercero. Hay personas que cuando acaban no hacen ni el más mínimo ruido. Entonces no se sabe dónde quedó el goce, dónde quedaste vos. Yo gimo, siempre.

lunes 19 de octubre de 2009

Necesidad de ostracismo

El problema de Rosario es ese: la inexistencia de un "sector desconocido o poco frecuentado de la ciudad" para mantenerse oculto y "optar por un ostracismos de jornada única".

(Más fobia me da últimamente Pueblo Esther)

Es impresionante el monstruo en que se ha convertido esta necesidad de registro y exposición.

sábado 17 de octubre de 2009

Inventar un presente (en viaje)

No existe la posibilidad de la crónica de un Congreso. Ni de un Coloquio. (Podría existir la novela, pero yo no soy Aira ni Chejfec). Porque no existe el tiempo. Es todo una serie de saludos y sucesión de lecturas y comidas que esta vez me dejó callada. Nunca soy buena en el roteiro necesario entre personalidades. Nunca van a invitar mi pobre mediocridad a nada. Siempre está la posibilidad de no viajar nunca más, entonces uno inventa un discurso. No importa lo satisfecho que esté el resto, lo “productiva” que pueda haberse vuelto la conversación, yo me quedo siempre con un vacio doble: el que me deja la organización; el que me deja cierta sensación de inutilidad (es que a pesar de todas las ideas, en un momento fuimos los miembros de Sur posando en una escalera, y yo siempre tengo el peso de Contorno en la cabeza).

Buenos Aires fue eso. Taxis, luces deformadas por la miopía, edificios de Recoleta que me dejan atrapada entre las volutas en que terminan los balcones y las vidrieras que exhiben la mercancía que no me puedo comprar (esa que ignora el Coloquio). Ponencias que sigo, ponencias que no seguí, cosas que no puede escuchar, cosas que no quise escuchar. Corridas, veredas, avenidas y el clisé del Obelisco. Buenos Aires fue eso. Hoy dormí solo tres horas: Buenos Aires fue.


(Y fue una entrada que no puedo escribir)

miércoles 7 de octubre de 2009

Adolescentes (ahora sí "es un mundo diferente")

Tres episodios.

Uno. Unos chicos en La Plata se filman en un recreo en una situación "erótica" (y el término va entre comillas porque es necesario pensar si el erotismo puede ir separado del placer, ya que dudo que el exhibicionismo derive en este caso necesariamente en goce). Luego lo suben a la red. Obviamente (era obvio para todos nosotros menos para ellos) son sancionados.

Dos. Una alumna de J. escribe su mail en el pizarrón con el objetivo de que la contacten desconocidos. Ante la advertencia del "profe" sobre la tergiversación de las identidades en la red, le responde, probablemente reproduciendo un discurso despectivo (y machista) de la madre, que no sea como su papá que se preocupa de más porque algo le pase a la "nena".

Tres. Los álbumes de fotos que mi hermana de 18 años sube a la red. Fotos de ella en situaciones semi-eróticas con el novio, fotos de semi-lesbianismo con las amigas, fotos de fragmentos de cuerpos de las amigas. Cuando le digo que tenga cuidado con qué sube, me responde que en Facebook son todos amigos (pero no se da cuenta que incluye como amigos a gente que apenas conoce y también a desconocidos totales para poder obtener más puntos con las mascotitas). No es el hecho de sacar la foto. O no sólo es el hecho de sacar la foto, sino el hecho de subirla, de publicarla (en el secundario, cuando las fotos eran solo en papel, aquella en la que alguien había quedado expuesta, ya sea por lo ridículo o por lo erótico (y en general era por lo ridículo), se ponía entre medio de las otras fotos en el álbum; así quedaba en una situación de semi clandestinidad, no se veía a simple vista pero alguien podía descubrirla y ahí iniciar el juego de "no la veas" y sus derivaciones).

Hay momentos en que las cosas se condensan. La primera reacción ante lo de La Plata es "son pelotudos". Después me acuerdo de la Ritó anoche en lo de Tinelli (o lo de Nazarena Velez en lo de Tinelli), de los videos que llevaron a la fama a Wanda Nara y a Chachi Tedesco y pienso (J. me hace pensar) ¿por qué no?. Si a ellas no las sancionan sino que por el contrario las premian con la popularidad.

La cosa no es marcar la inutilidad de las revista porno ante Paparazzi, ni la fragmentariedad y cosificación en que entra el cuerpo de la mujer (admitámoslo, con los hombres no pasa exactamente lo mismo) y que estas chicas (las amigas de mi hermana, la chica que incluye desconocidos en su msn) reproducen en sus propios cuerpos (y así, disculpen la palabra, los mutilan), sino (y también esto lo marca J.) pensar dónde queda el placer.

Cómo se construye el erotismo cuando se exhibe todo, y en esa exhibición se gana aquello que se sabe muy difícil de ganar de otro modo. Si el cuerpo es tan sólo una mercancía que se compra y que se vende al mejor postor, dónde queda el goce (es como si el trabajo de la prostitución extendiera su lógica a todas las esferas y el cuerpo quedara siempre sujetado, incluso en la privacidad del acto sexual, a la lógica económica; ¿tan lejos se expande el mercado y la imagen y exposición massmediática?; ¿no queda nada que sea puro gasto y puro goce, un gasto que no entre en el gasto capitalista que propone el mercado?). ¿Hay algún resto de placer en la chica que toca, el chico que es tocado y el amigo que filma? ¿cómo se mueve la libido en los adolescentes? ¿qué va a hacer el psicoanálisis con estos chicos que ya no tienen la formación moderna?

Supongo que la diferencia siempre asusta. Saber que diez años marcan un abismo asusta. La imposibilidad de comprender asusta. Pero no es una reacción moralista, sino una preocupación mucho más sincera (y un pedido desesperado, desesperado de explicación).

(Y no es sólo temor ante el riesgo real que este exhibicionismo implica (y el modo en que interactúa con el discurso de los padres de que el único problema en nuestra sociedad son los "negros de mierda"), sino también pensar qué les va a pasar a los 25 años, cómo van a resolver esta mezcla de exhibicionismo, lógica económica del cuerpo y exceso de pudor (y expansión simultanea de un discurso prohibitivo y moralista, porque, admitámoslo de nuevo, esto no es el todo vale de Woodstock). J. dice que el placer siempre encuentra su rumbo. Yo empiezo a pensar, tal vez haciéndome eco de los discursos fatalistas (cuántas vueltas hay que darle al lenguaje para no quedar atrapado en los clisés massmediáticos!) que esa es una confianza demasiado moderna)

lunes 5 de octubre de 2009

Borde

Estoy escribiendo al borde de la locura. Me duele la panza.

(Encima, al mismo tiempo pienso cómo no puedo escapar a la repetición de ciertas actitudes serviles)

Párrafo pretencioso

"Pero para construir una poética, la serie televisiva de Bizzio necesita estar plagada de singularidades (sino es solo un conjunto de procedimientos que lo reducen al presente y lo alejan de la contemporaneidad). Es decir, o bien lo televisivo debe funcionar metonímicamente para articular otra cosa, y es por eso que es fundamental para pensar la singularidad de Bizzio con respecto a la ya tan discutida vuelta realista de la literatura argentina (y el problema del realismo tiene que ser pensado en este caso tanto desde S/Z de Barthes (y aquí la imagen televisiva reemplazaría a la imagen pictórica pero repitiendo su lógica) pero también desde el modo en que Manovich piensa el realismo socialista de Jurassik Park (volviéndose necesario articular el problema del mercado, si pensamos la discusión sobre el valor que Bizzio logra entablar desde un lugar totalmente diferente al creado por Cesar Aira o aquel del que Cucurto es el mejor exponente, a través de la relación oblicua que su literatura entabla con el best-seller, mediante el éxito televisivo)). O bien cada novela, debe dar una vuelta más a esos paisajes massmediáticos para que no se estaticen y para que la repetición alcance toda su potencia. Eso es lo que ocurre en los cuentos de Chicos, en Rabia, en Era el cielo (y lo que estaba en germen ya en Más allá del bien y lentamente). En Era el cielo, la singularidad se juega en lo que escriben los personajes: tanto Diana, como Vera, como el protagonista, escriben para el mercado y, más específicamente, los dos últimos escriben para la televisión. Los personajes quedan así entre la imagen y la palabra, ponen la palabra al servicio de la imagen al mismo tiempo que crean la imagen con la palabra. “…hacer la televisión en la literatura”, decía Quintín al reseñar la novela (y cabe aclarar que sobre esta novela se dio una de las discusiones mediáticas más interesantes sobre el valor en la literatura argentina de los últimos tiempos, discusión que se articuló entre reseñas de diarios, comments de las ediciones electrónicas y entradas de blogs). Si, como dijimos antes, el protagonista de la novela queda encerrado desde el comienzo en la imagen que estalla y se adueña de su entorno, este particular cruce entre escritura y televisión hace que la imágenes proliferen en la novela en sus más distintas formas, desde las fotografías a los dibujitos animados, y que en cada conflicto de miradas se juegue tanto un problema sentimental, en lógica melodramática, como la lógica que la narración elige para poder seguir su camino hacia adelante (lógica que reformula la mirada arbitraria de narradores omnipresente y omnipotentes de algunas narraciones anteriores de Bizzio). Pero eso, eso es otra historia."

Todos los derechos de este delirio están obviamente reservados a M.C.

Momentum

Esta vez el golpe entre mis dientes fue más fuerte. Me duele la mandíbula.

Insisto en acentuar la palabra imagen

(Esta escritura es directamente proporcional a la que no hago)

Contemporáneos

Lo que me gusta de Chejfec y Bizzio son sus narradores patológicos. Esa paranoia que se despliega en la ficción, que por momentos se da vuelta en esquizofrenia, que por momentos parece sólo ternura o soledad (o miedo, o tristeza). Es una determinada relación con el lenguaje. Es esa perfección desesperante de las frases, ese giro que va a tomar la idea o el desarrollo de la trama, que en uno se resuelve en la lucidez ensayística y en el otro en una forma singular del chiste. Es una relación paranóica con la palabra, que oscila entre la desconfianza y la certeza, y que los hace buscar que la frase de un salto más, un salto que apenas alcanzan a escribir; un salto que se muestra sin necesariamente volverse autorreflexivo. Una relación paranoica con la trama que hace terminar la historia, la hace acabar, pero al mismo tiempo hace que se juegue en cada párrafo.

Creo que hay una temporalidad específica de esa paranoia. Algo que se cifra en poder convertir en una temporalidad particular una circunstancia azarosa: el ser demasiado jóvenes para algo y demasiado viejos para lo otro. Antes está de una manera diferente, en una configuración diferente, y que se ha acercado más a la normalidad. No lo encuentro después (excepto creo en Oliverio Cohelo). No digo que lo de después no tenga valor (aunque hay cosas que no lo tienen). Digo que hay algo particular en estos escritores (y tal vez también en Pauls cuando se olvida de que tiene que ser el escritor que le guste a Sarlo, a Vila-Matas, al fantasma de Puig y a las chicas cultas de letras, cuando deja de controlar la ficción), una relación de sorpresa con la frase, un vértigo en la escritura, que parece surgir (y al mismo tiempo hace surgir esa temporalidad y la resuelve) de la percepción de un fin (que no es meramente un nuevo advenimiento de lo nuevo es tanto escuela literaria), de una resistencia ante ese fin y de un hundirse en esa dispersión, en tanto inevitable.

Es como si quedaran entre los dos sentidos de lo contemporáneo: el explotar la novedad y el saber que la única forma de estar en el presente es el anacronismo.

(También hay una cuestión de ética, pero eso, todavía, no lo puedo definir)

domingo 4 de octubre de 2009

Azul

Es rara la forma en que actúa el dolor. La forma metonímica en que te cierra la garganta.

La historia que contaría hoy es la de la chica que se pone los zapatos con ansias de la gran ciudad. Y se alisa una pollera barata en frente del espejo. Posiblemente hubiera una pensión. Algo de color azul.

Hay cierto morbo en mirar la muerte por televisión. En escuchar ese dolor que nos llega desviado.

La muerte abre esos espacios. Ridículos, patéticos. Sobrecargados de dolor.

"Lo cotidiano se vuelve mágico"

Hoy, domingo a la mañana, cuando dejé de limpiar la bañera y con los guantes puestos me puse a ver un pedacito de la transmición por la muerte de Mercedes Sosa fui igual a mi mamá.

En un segundo fuimos tres: mi abuela, mi mamá y yo (con los guantes puestos, un domingo a la mañana).

(no voy a pedir perdón por la iteración del motivo de la melancolía)

viernes 2 de octubre de 2009

Las medias sí son sexy

Hay líneas blancas. Las líneas blancas proliferan. Cuando se ensanchan, son espacios. Espacios en blanco. Blancos mentales.

Bandas de Moebius. Zonas de moebius. Zonas de desastre. Son límites que no se deberían cruzar y sin embargo uno los cruza (y ese uno, que me encanta repetir, soy yo (soy yo indefectiblemente con vos)). Se cruzan para tener estos blancos mentales, para dibujar florcitas en el borde del papel. No hay equilibrio posible entonces, y las tardes pasan, en el sopor del trabajo a medias. En el sopor de los pies frios. En las medias que dejamos puestas por apuro.

Amor,
ya,
entre nosotros,
un orgasmo tendría que valer más que mil palabras.

jueves 1 de octubre de 2009

Pelo

Me escarbo la piel con una pinza sólo para sacar un pelo.
De nuevo, literalmente.
(Ahora me duele)

Tacto

Anoche soñé que la pileta del baño estaba sucia. Muy sucia. Una mancha marrón se extendía por todo el borde. Nadie la limpiaba. Más especificamente: no había tiempo para limpiarla. ¿Imagen mental para una oscuridad moral en mi conciencia? ¿Existe algo así todavía?
Ahora escribo sobre la declinación de la visión, cuyo dominio sería lo característico del S.XX, y su reemplazo por el tacto. No entiendo si eso supone una resistencia del arte. Yo a mi alrededor lo único que veo es una proliferación de pantallas (igual tengo que buscar el texto para dejar de escribir de oido). Si hay algo que falta en cualquier experiencia virtual es el roce y el intercambio de fluidos. La saliva raspando el cuerpo. El grano de la saliva. La temperatura. Tal cual como en la sociedad acéptica de la película de Sylvester Stallone y Sandra Bullock. ¿Se acuerdan? esa en la que a él lo desfrizan luego de no sé cuántos años y ella a los dos días de conocerlo (cabe aclarar, bastante rapidita ella para la acepcia de la sociedad) le propone tener sexo, para lo cual ambos se ponen un casco de realidad virtual y se sientan en esquinas bien separadas de la habitación.
Mirar en una pantalla al otro es desesperante, pelearse con una pantalla es desesperante (y supongo que tener sexo con una pantalla debe ser desesperante)
Y al mismo tiempo, pienso lo mismo que pensaba cuando escuchaba a Gumbrecht en Rio hablar de la falta de materialidad de la experiencia (y en mi paranoia ahora todo suena a Benjamin: el fantasma de Benjamin): una cosa es la falta, otra la imposibilidad de procesamiento (o su desvío hacia la imagen melodramática y consoladora). Es decir, y aunque suene a clisé, ¿no es un poco hipócrita hablar de la falta de materialidad en un país tercermundista, donde la gente, literal y no metafóricamente, se muere de hambre? Es no pensar en cómo se debe retorcer el estomago, en cómo se debe desgarrar lentamente la piel, la carne, el músculo cuando penetra un cuchillo. En el temperatura de la sangre.
Mi escritura se ha vuelto paranóica, defensiva y obsesiva en la completud de las líneas (una palabra que Sandra me dice que deje de usar). Escribo todo el tiempo sobre metodología. Como si todo el tiempo necesitara justificarme.
Benjamin, Benjamin, Benjamin. Ahí, en el medio del siglo pasado.

domingo 27 de septiembre de 2009

Iteración (por necesidad)

Parecía esa clase de hombres que aún despiertos tienen pesadillas. Mirándolo, ella avizoró el secreto de un hombre deseable: el cortinaje abatido de la realidad tranportado a la impasibilidad de una cara. Por eso, ya que desear era un descenso al subsuelo de la lengua, empezó a contestar a todo que sí... Cada afirmación reforzaba la sensualidad de la afirmación previa. Una negación mínima podía desbaratar el entramado de seducción que brillaba en la cara del secretario. Era el hombre perfecto justamente porque no parecía vivo. A la vez era más que un hombre muerto: podía decidir cuándo y dónde humanizarse a través de esa reserva de vibraciones

Oliverio Cohelo, Promesas naturales

(Perdón, escasos lectores de este blog, por la repetición de las citas. Dos razones. Uno. Cohelo me deja muda con la perfección de las frases (me hace acordar a la perfección de las frases de Chejfec y Pauls siempre al borde del abismo, del desbarrancadero). Dos. ..................... )

"I couldn't sleep I kept seeing the black box"

Ver televisión un domingo a la mañana es bizarro. Un montón de esos programas que te quieren vender el mundo. Después una película. Hacía mucho tiempo que no desayunaba sola. Hacía mucho tiempo que no tenía ganas de fumar. Un poema de Frost. Y yo ahí en el mismo lugar, expectante.

Mis palabras suenan huecas, por eso no escribo. Porque sé que miento. Hoy Rosario era el mejor lugar para vivir. Era Rio. Las nubes se condensaban igual. Corrí hasta que no me dieron las piernas. Hasta que me bifurqué (como me bifurco ahora en el eufemismo, para decir aquello que no puedo contar). Hablar de menos, falar de mais.

Perdón, pero hay un reborde que raspa (como el dedo gordo del pie raspa y lastima al que le sigue)

O meu samba vai curar teu abandono...nao vamos deixar ninguem atraplhar a nossa pasagem

La entrada que escribí y no publiqué hablaba de la virtualidad del contacto, de la humedad de la lengua, de la temperatura de la saliva. Hoy parece vieja.

Dice Didi-Huberman que todo relato de conversión se realiza en dos tiempos.

martes 22 de septiembre de 2009

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Y sí tenia que llegar: quiero escribir algo y no sé qué. Se dice que un verdadero escritor se define no tanto por lo que escribe sino por un deseo sostenido de desear escribir y una obsesión por la imposibilidad de hacerlo. Yo me rio, estoy tan lejos de eso como del viaje a Francia que se dibuja con líneas de puntos en el horizonte.

Un comentario sobre la mesa de discusión sobre poesía del S.XXI que tuvo lugar en el Festival Internacional de Poesía el jueves pasado estaría bien. Pero debería haberlo escrito entonces, no ahora que me acuerdo a medias lo que había pensado. Creo que lo más interesante fue la discusión sobre la relación entre poesía y mercado. Los cuatro poetas comenzaron afirmando que no había ninguna relación entre escribir poesía y vender poesía (y ninguna relación entre los dos valores que se ponen en juego: el de uso y el de cambio). Terminaron, los cuatro, hablando de los premios literarios (el mercado volvía en cada conversación como un deseo reprimido) y de la gran novela que escribió Levrero justamente contando la imposibilidad de escribir por encargo. En el medio, el eslogan que le pedía a los poetas que no regalen sus libros. Todo parecía confirmar la omnipresencia del mercado: y la negación como una forma más de su extensión.

El domingo hizo calor, mucho.


[puta, esta entrada es una mierda ###################################### supongo que no puedo dejar de publicarla así. Odio estos momentos de autorreflexividad]

jueves 17 de septiembre de 2009

Pérdida/perdida

Por un momento temió haber perdido los párpados en el tunel. Imaginó sus propios ojos condenados a una luz exterior y caprichosa, y pensó que quizas una condena de ese tipo, la pérdida de la interioridad, fuera el origen de las bellezas más extraordinarias. En ese momento sin querer parpadeó.

Oliverio Cohelo, Promesas naturales.

jueves 10 de septiembre de 2009

Libélula

Cuando ya no existe el ritual, la marca en el cuerpo debe llevar consigo un texto justificatorio. Nadie deja que le claven una aguja durante una hora y media si después no puede obtener a cambio un poco de sentido. Sin duda tengo un millón de sloganes publicitarios para mi libélula. Un poco de aire en la base de mi espalda que hace que mi cabeza y mi cuerpo se vuelvan más leves (y más imperfectos también). Un bicho que conecte la parte baja y alta de mi cuerpo, que suelen desconectarse sin aviso previo. Las alas y el equilibrio en la figura del hombre de Da Vinci.
Nada de esto es cierto. Al menos nada de esto es previo. Lo previo es la elección de una imagen. Lo equidistante de los números: 9-9-9. Después: las lecturas y dando vuelta en la cabeza la idea de cuerpo sin órganos de Deleuze. Rejerarquizar el cuerpo, poner algo en el medio que lo doble y vuelva indistiguible el arriba y el abajo. Funcionalidad, marca y estética. No me hubiera hecho algo más chico, porque me hubiera hecho más gorda.
¿Qué diferencia existe con la marca de agua que le ponen en la mano al chico que se porta bien o mal en el colegio? La decisión. Creo que es esto lo que me va costar explicar: que no es un retroceso hacia la adolescencia ni un deseo reprimido que finalmente viene a cumplirse después de la liberación de una obsesión. Orientar el cambio, poder explicar que un dibujo en la espalda no me lleva a renegar de mi pasado, sino a volverlo productivo. Que está ahí, hipertérrito, porque hice todo lo que hice antes, como una cifra en la fragilidad y la multiplicidad de la membrana. Me molesta la idea de liberación. Me molesta mucho que me la endilguen. Tendría que pensar por qué: creo que no quiero que nadie, exepto yo, intervenga en el texto que le da significado al corte. Sin embargo, tengo que pensar por qué.
(La pulsión de explicación, segun el Lacan que leo a las corridas por internet, me parece que estaría implícita en la intervención del Otro que supone esta forma de marca. Igual debería explicar también esta pulsión de visualización: por el lugar en que se fija, pocas personas realmente deberían verlo)
Ahora pienso que hay algo más. Una cifra más: Hacerme un tatuaje es una marca para dejar de tenerle miedo a una enfermedad que se encargó de marcarme el cuerpo por muchos años sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo (y que encima suponía una herencia). Control y desjerarquización, juntos, al mismo tiempo.

martes 1 de septiembre de 2009

Regodeo adolescente

Para Iri.

Siempre hago lo mismo: necesito sólo un detalle para armar una multiplicidad de historias que me dejan rayando en la obsesión. Ahora me duele la panza, como me dolía antes (el problema se presenta cuando esas historias se disparan hacia la fabulación de posibles interpretaciones de mis acciones realizadas a mitad de camino entre lo laboral y otra cosa). Fue mi forma de ser adolescente: no se si drama o tragedia, todo parecía marcar la necesidad de un arma en la boca. Siempre creé autofiguraciones muy fuertes, mezcla de hollywood y literatura barata o moralista, que me dejaban con un par de lentes falsos sentada con mi libro en la puerta del salón. En ese momento pensaba, que el éxito profesional era la manera de enfrentar el desengaño amoroso (la otra manera era vender una imágen de mí que se alejaba mucho más de lo que yo era en realidad, si es que era algo en realidad antes de mis desengaños amorosos). El otro día, en medio de un día de sol y un asado, de un mediodía saeriano que se arruinaba por la masividad y el humo, me enteré de que mi autofiguración había sido comprada en su totalidad. Si puede parecerle raro a mis amigos de después que yo haya incursionado los caminos del amor futbolístico, al chico que me aprisionaba contra una pared un sábado a la noche del 99 parece que le gusta saber que esas piernas que recorria con manos ansiosas cada vez más hacia arriba son las mismas que pudieron sostener un número que exigía fotos en los diarios.
En esta entrada hay cierto regodeo, lo sé, pero espero que se compense con la exposición detallada de la estrategia.

jueves 27 de agosto de 2009

Política strictu sensu

Cuando Reutemann comienza a decir que está deprimido y Latorre vota a favor de los superpoderes, la teoría de dominación marxista se te cae y tenés que empezar a leer Deleuze.

Una año de intensa escritura (o sobre cómo se cae la cola a medida que pasan los años)

Supongamos que me creo. Entonces todo lo virtual, no es que se vuelva real, sino que simplemente se materializa. Se vuelve lo duro que choca contra mi cuerpo y calma estas ganas locas de hacer no sé que. No calma, satisface. La calma no es un estado que me pertenezca, como tampoco me pertenece el tiempo. Desconfio tanto de mi cola, de mis pechos, de mis piernas.
Es que descompongo mi imagen en el espejo, y todo se vuelve grande. Hasta la cabeza. Y eso que dicen que cuanto más uno lo usa mas chico se vuelve el cerebro. Hace una semana que lo uso como loca (locas ganas, usar como loca, diría mi analista) y sin embargo mi cabeza se agranda. Será que ahora no acaricio el índice, sino que acaricio otras cosas.
El calor nos lleva a hacer nidos y a reproducirnos. Las torcacitas andan como locas, poco les falta para anidar sobre nuestros cactus. Estoy a medio camino de ambos. No me reproduzco pero tengo estas ganas de hacer todo, de subirme a los tacos que ya reservé. Tengo el espacio además,pero nos faltan los ladrillos (decir paja sería muy vulgar para esta lengua que acaricia la internet).
El año pasado en este momento estaba en Rio de Janeiro y llovía sin parar. Dentro de menos de un mes cumplo 28 años. Ya hace un año que llevo este blog y así rompí mi record personal. Me queda todo: plantar el arbol, tener el hijo, escribir el libro. En mí el refrán es literal. Si pudiera viajar a París, eso me obligaría a en parte a cerrar la boca. Por eso es un exceso. Ya no tendría París. Insisto: sin intensidades no se puede escribir.

viernes 21 de agosto de 2009

Hueco

Estoy obsesionada con las fechas. Las fotocopias quedan abarrotadas de circulos amarillos o verdes, depende de la tinta, que encierran siempre cuatro números o un número de cuatro cifras (cuando hablan de décadas o se refieren a los años tanto me obligan a realizar una línea curvada por debajo, encerrar tanta cantidad sería un esperpento). Busco huecos, vacíos, anacronismos. Puedo empezar a decir ciertas temporalidades, a justificar ciertos movimientos, siempre nadando en el temor de que el tiempo no alcance (en ambos sentidos).
Después estoy sentada no en el borde sino en el medio de la noche. Ya no tengo un cuerpo pequeño. Las dimensiones desbordan la ropa por todos los costados. En este último tiempo, lo órganico se ha vuelto pesado. Pesa en todas partes: en la balanza, en la cabeza, en las letras. Leer sobre cerebros disecados me parece una idiotez. Que la gente quiera encerrarme en estereotipos preformateados por algún éxito editorial me agobia. Y no porque sea de izquierda. Anoche defendía la idea de que la persona es algo más que lo que está predeterminada a ser. Pensaba en una interacción entre lo determinado, el contexto y la voluntad. Y entonces me vuelvo arcaica. No melancólica, arcaica. No hay nada placentero en la desubicación que me armo. Tampoco hay ningún valor moral que defienda. No digo que lo otro sea malo, no prejuzgo ni juzgo, pero tampoco pueden pedirme que me abstenga de opinar. Me quedo ahí: en un lugar que me cuesta inventar entre el relativismo y un falso progresismo intelectual.
Me quedo con una mano cansada de tantos toqueteos y con un cuerpo todavía asutado de tantas extracciones.
No quiero que me raspen más.

miércoles 22 de julio de 2009

Arborecencias injertadas

Hoy estoy surreal. Leer a Huberman sobre Benjamin me deja surreal. Odio la idea de montaje, odio, de manera diferente, a la vanguardia que se mete en todo lo que pienso.
Hoy la fórmula del sueño fue pensar, a las 6 am., que quería escapar de un espacio cerrado. Una plaza, más exactamente. Ahora me doy cuenta: nuevamente el tema del lugar. La persecución era concreta: algo por el estilo de una dictadura. No sé cuántas veces soñe este sueño. Hoy me permitió dormir cuando ni siquiera soportaba la vibración que produce en la espalda un ronquido casi inauidible del otro. Estoy en la óptica, ya no es una plaza. Estamos a punto de escaparnos a una frontera. En la frontera hay montañas. Como en la Novicia rebelde. Tan profundo hay que escabar. Estamos en el momento de irnos. No entiendo por qué mi mamá se queda (ahora sí entiendo: la obsesión con el trabajo, con el mostrador). Mi papá dice que vendrá después. Es decir, estoy por irme con mis hermanas, está Cecilia, no hay rencor. Pero justo llegan, no se quién, pero llegan. La agarro entonces a Lucía, que es bebé, y las llevo a ambas para arriba. Me asomo como por una balustrada vieja, esas que las casas antiguas tienen en las terrazas, como copas redondeadas. Están también ahí.
Otra vez me van a sacar un pedacito. Otra vez van a analizarlo. No entiendo por qué mi cuerpo no me quiere y produce esas excecrencias justo ahí. Siempre son relieves, se ven, rompen la normalidad a traves de una rogusidad deformante. Esta vez sacarlo no implica cortar un pedazo de lo que soy sino sólo una lengüeta y luego un raspado ¿van a raspar lo que soy?
Empezé a escribir a partir de la morfología vegetal de Benjamin: aglomerado, asperges, detumescencia, erizamiento de superficies. Heurística de la eficacia alegórica de las formas naturales. Acá no hay alegoría ni azar. Sólo dos fotos asquerosas (que a cualquiera le parecen asquerosas) en donde lo que sobra aparece en negro. Ahí. Adentro. Sin titilar. Me da vergüenza escribir la refencialidad

miércoles 15 de julio de 2009

Estado de felicidad

Cuando uno (en este caso yo) está feliz, escribe cosas como de autoayuda. Es como decir que te comiste el sandwich perfecto o que sentís el olor a salsa que viene de la minúscula cocina-comedor.
Entonces.
Estoy feliz.
Tan feliz que mi analista me manda a casa después de 15 minutos en los que le cuento que estoy empalagosamente feliz. Me pregunta dónde pienso que di el salto. No tengo ni idea. Lo que se me ocurre, pero no lo digo porque suena asquerosamente conductista (aunque cuando ella me dice, ves cuando haces lo que querés y no lo que los otros quieren tanmbién suena asquerosamente Cohelo): di el salto cuando escuché que un tenista famosos juega punto por punto porque si pensara en el partido completo no podría jugar.
Podría llenar las próximas páginas de una cantidad de palabras terminadas en -mente (ni gerundio ni adverbios, típico, todavía no entiendo porque a mí me suenan bien).
Voy a hacer algo más obvio, más vulgar (la felicidad habilita a eso, aunque también es para poner una restriccióm, el concepto de las palabras en -mente eran creo aún más obvio). Un manual de autoayuda (ahora que lo pienso esta puede ser una nueva sección del blog "autoayuda").
1) No siempre podés pensar en cómo ganar el partido completo, hay que encontrar un delicado equilibrio entre el punto y el game
2) Preocuparse no es ocuparse. Pensar siempre en lo mismo no garantiza mejores resultados, aunque uno crea que sí. Esto no implica un elogio del ocuparse sino una detracción contra el preocuparse. La imagen sería: no hay que poner todos los huevos en una canasta o toda la leche en el mismo cántaro.
3) A veces hacer lo que se quiere tiene buenos resultados. Está más bueno equivocarse haciendo lo que decidimos que era lo mejor para hacer que equivocarse haciendo lo que los otros pensaban que era mejor. De nuevo, no es un elogio al placer egoista sino un aliento a la decisión propia.
4) Siempre hay alguien mejor. La formulación correcta sería: ¿acaso importa?

Supongo que se entiende. Entre líneas, hablo en serio (patéticamente en serio).

jueves 9 de julio de 2009

Deadline

Cuando fui a Tanti, todos hablaban de irse a vivir a Tanti. Yo ahí, ameba, sin entender por qué no podía sumarme a la ilusión o el delirio colectivo. Una extraña sensación de claustrofobia en un lugar increiblemente abierto: supongo que era de eso de lo que tenía miedo. Sin duda, me gustan las vacaciones en el campo, en las sierras, con mi Coetzee dejado debajo del brazo y las excursiones a no sé dónde sin destino reconocible. La posibilidad de tener cactus y, por qué no, guayabas.
Hoy leo a Link. La bronca que estalla en el comentario sobre la estupidez de los medios. Paredón, paredón, reclaman las huestes porteñas. ¿Será lo mismo leer a Link en la sierra?

Pero es la ansiedad que surge de esa misma bronca la que mina el cuerpo, la que lo vuelve pedacitos con puntitos blancos entre las piernas.

No sé, nada, eso, debería buscar alguna frontera entre la infinidad de peros (evidentemente los lugares son siempre un problema, y eso que lo que me hace doler la panza es, fundamentalmente, el paso del tiempo)

jueves 25 de junio de 2009

51

Lunar: la lengua francesa llama así a esas partículas morenas o negras, algo prominentes, que vienen a veces (y en alguno/a/s con frecuencia) a hacer punto, marca o grano sobre la piel. En lugar de manchar la piel, hacen resaltar su blancura, esto es al menos lo que gustaba decirse en los tiempos en que la nieve y la leche servían de comparativo por excelencia para la piel de las mujeres. Éstas se ponían entonces, en caso de necesidad "lunares postizos" de terciopelo sobre las mejillas y sobre los pechos. Hoy gustan las pieles más morenas, tostadas o bronceadas, pero el lunar guarda su atractivo: señala la piel, baliza su extensión y la configura, guía el ojo y actua sobre él como una marca de deseo. Por poco, nos gustaría decir que el lunar es un germen de deseo, un minusculo trazado de intensidad, un corpúsculo cuya tez oscura concentra la energía del cuerpo entero, como lo hace también la punta del seno.

Jean-Luque Nancy, 58 indicios sobre el cuerpo

¿Qué pasa si te ataca un índice?

Tengo miedo de que mi indice me ataque. Y no metafóricamente, es decir, que sea usado en mi contra, sino literalmente: tengo miedo de que mi índice me ataque. Como tiene cuatro páginas, podría tener dos brazos y dos piernas, materializarse como un pequeño monstruo de papel con sus bordes afilados y cortarme la cara. Supongo que para eso tendría que imprimirlo (¿qué peso material puede guardar lo virtual?). Si el sueño de Martín Fierro era más que transparente, todavía no logro entender al mono que corría por el borde de la ventana de Maipú. Ahora tengo ratas, supongo que por eso el mono no vuelve, lo extraño. Extraño todo.
Mi pequeño Frankestein de papel, ahí chiquito, humilde. Ahora le tengo ternura. Nadie fue atacado por un índice de papel. Sí por barriletes (la asociación libre en análisis está logrando maravillas). Creo que nos habíamos ganado un frasco con unas frutillas pintadas horribles. Mi papá me dijo, entre indignado y consolador, que mereciamos el premio a otra cosa. Lo mismo me dijo con la bandera en el secundario. Por suerte, luego obtuve otro reconocimiento. Ya sé! tal vez sea la medalla la que me ataque. Una buena medida sería intentar venderla ¿cuánto dinero te dan por una medalla gorda, redonda, inservible? ¿aumenta si la acompaño con la foto del diario? Igual no da tanto miedo, con sus bordes de canto.
Mi pequeño Frankesitein de papel. No tengo un perro para acariciarle la cabeza y mi idea de ponerles un resaltadorcito a las ratas en el lomo para que me hicieran companía no está dando resultado. Tal vez podría acariciarle la cabeza al índice. Suena algo sexual, no sé, largo y cabezón. Acariciarle la cabeza al índice.
Las posiciones están tomadas. Siempre, siempre, siempre son posiciones éticas (y políticas). Hay momentos en que reclamar una inocencia me suena demasiado a lo que Viñas llamaría un entre-nos de la clase. Con J. inventamos un mundo, y mal que mal estamos orgullosos de ello.

sábado 13 de junio de 2009

III

Yo no espero que él me llame. Pero si hay algo que aprendí en análisis es que tengo que cerrar historias. Si mi psicologa me viera hoy estaría orgullosa

Pero si ni siquiera empezó

No importan. Yo tengo que cerrar igual. Le voy a mandar un mensaje y no voy a responder nada que llegue después de las doce de la noche. Nada.

lunes 23 de marzo de 2009

Jugo de naranja

Ok. Cinco minutos después de irse, él sube, todo transpirado, y me regala un juguito de naranja. De esos que vienen en cajita azul. Despues de ocho años, eso es el sentimiento en acto.

miércoles 11 de febrero de 2009

Entender

Cuando alguien dice "no sabés cuanto te entiendo" se siente un resto de empatía. Un haber estado antes ahí que autoriza al hablante. Y sin embargo, si yo declaro no querer perder el exterior, tal estar ahí no exite. No existe, porque hay que leer un autor que se deleita desarmando los espacios cuando lo que más se necesita es armar uno.

Estar ahí es ver a Rosario convertido en un mapa. Con su zonas rojas, verdes, azules e inimaginables. Es verme yo tomando el colectivo hacia exactamente sé donde sin saber la forma material del final. Es espiar las cortadas viendo la alturas de las casas y los árboles, imaginando la siniestra pobreza o arrebato de cartera (o de notebook, al caso da lo mismo o no) que te auguran que se esconde detrás de cada calle, de cada avenida, de cada vuelta.

¿Por qué pienso el dormitorio de rojo y le compro ventanitas a mi mascotita virtual?

Yo se exactamente donde se cortan las lineas y cuales corren paralelas y cuales perpendiculares. No estoy muy segura, eso si, de que sirva para algo. ¿Cuántas tarjetas de colectivo voy a tener que gastar?

jueves 5 de febrero de 2009

II

"Me pasás una moneda".
La chica, que llenaba con detergentes el estante inferior de la góndola del supermecado, se irguió acomodándose el pantalón.
Caminó hacia las cajas.

Juliana ¿manualidades?

Estoy intentando trabajar sobre una novela de Chejfec. No deja de sorprender nuevamente la premonición arltiana: en el 92 escribía sobre la pauperización de la ciudad, sobre casas precarias construidas en las azoteas de otras casa y de edificios. Hay una escena: los futuros habitantes esperan que (unos hombres) le terminen de construir su casa, para eso han apartado antes todo lo viejo que usurpaba el terreno virtual.

Siempre tuve una atracción indefinible hacia la reconstrucción. Me atran las tramas (muchas veces edulcuradas por la solicitud hollywoodense) en que x empieza con un espacio mínimo que va reconstruyendo con ingenio y los pocos recursos con lo que cuenta. Soy fan de Robinson Crusoe y supongo que hay algo de eso en mi atracción por Lost (por eso también tal vez me gustaban más las primeras temporadas, en las que debían casar jabalies y construir las tiendas (en el español neutro de las traducciones oficiales (como ahora bajo los capítulos de internet ese español se diversifica: del español español al español mejicano gana el que suba antes los subtítulos))). También me podría pasar horas mirando Extreame Makeover. Siempre, siempre que entro a un lugar evaluo sus potencialidads de transformación. Qué es lo que se puede construir, qué es lo que se puede pintar, qué es lo que se puede derribar. Lo que no entiendo es por qué no hago manualidades. No tengo una opinión formada sobre los programas de manualidades, sí sobre las personas que las realizan exponiéndolas como un valor. Mi habitáculo actual no lo permite, quién sabe tal vez en un espacio mas grande tendría una maceta con especies y haría botellitas de vinagre con albahaca utilizando los envases de Pronto.

De repente estoy ahí, en el espacio que ocupa un sillón. Pinto macetas para poner en el patio y entiendo la sensación cercana a la satisfacción que me produce ir a buscar los cuadros que ostentan sus gruesos marcos negros sobre el paspartú blanco. No, no es que me tenga que dedicar a eso. No ahorraría nada. Sería volver a poner todos los huevos en una misma canasta.

sábado 24 de enero de 2009

Bizzio

Formación

La noche será hueca y yo seré casto,
pero bailé.

(Otra vez el mar
alcanza la quietud de tu vestido.
El tiempo se ocupa de mi, que te acaricio, dormida,
y un bisbiseo

hace en tu cuerpo ya encendido la luz
de la luna, que viene, la llames o no).

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Nota

Vine a dejarte las llaves.
Encontré unos libros que te presté hace tiempo.
Me los llevo.
El desorden no es mío.
Lo único que hice fue sentarme unos segundos en la cama.
La ventana estaba abierta cuando entré y ya se habían volado
todas estas cosas

Sergio Bizzio, Te desafio a correr como un idiota por el jardín,
Mansalva, 2008.

jueves 22 de enero de 2009

I

No se dio cuenta de su ausencia hasta después de su partida.Siempre ocurría de ese modo. Luego de leer un relato bello, continuaba alguna acción maquinal. Esta vez fue sacar la basura. Vio el papel húmedo en el tacho y decidió no reemplazarlo. A veces, no siempre, hacía eso. Veia algo que debía realizarse y no lo realizaba. No había rebeldía en el acto, sólo pereza.
Solamente las grandes tragedias deberían escribirse

miércoles 24 de diciembre de 2008

Composición. Tema: la silla

Todo es una cuestión de lugares. De lugares y de lógicas. Cuando se sabe que la paz no es posible y que el equilibrio es una utopía de no sé cual paradigma discursivo. Porque entre las tensiones que se concretan, se vuelven palpables (están en el aire), en esta época el diálogo es casi una utopía. Dónde me paro. Entre la rebeldía adolescente y la sumisión no encuentro soluciones que no sean una transacción de la dicotomía. O una exacerbación de un individualismo psicoanalítico que detesto. En un trabajo reciente afirmaba que "el narrador plantea la posibilidad de una tercera opción, que sería la seleccionada por Baroni, y que no supone una síntesis de las otras dos, en el sentido dialéctico, sino un desplazamiento". El desplazamiento. El ideal del desplazamiento.

La silla es entonces mi mundo y quiero ponerle fronteras y aduanas. El ideal de la soledad

lunes 15 de diciembre de 2008

Imagine Jane Austen

Hay un momento en que sabés que preparaste el sandwich de atún perfecto. No importa cuán tan Sex and the City suene y que tengas que pelearte con tu crítico literario que descubrirá en eso un clisé obvio, sabés que preparaste el sandwich perfecto. Y tenés los damascos en el pote.

La comedia romántica. La misma capacidad de catarsis que la comedia y la tragedia griega. Estás ahí. Te reís con los chictes del chico perfecto y al menos ahora pensás que vivís en el pariaso del final. Entonces no importa que sea domingo y que sea tarde. Sabés que mañana no te vas a levantar antes de las ocho y no importa. Volvés a pensar lo que vas a leer en las vacaciones, y hacés la lista mentalmente, una lista sobreexagerada, pero gracias a Dios volviste a hacer la lista. Con ganas de comprarte las novelas, de volver a identificarte con los personajes. Como en la peli, que descubren las vueltas del enriedo y en esas vueltas la propia vida. Estereotipo. No importa. Estás segura que esa fue una de las fuerzas originarias de esa experiencia que te obliga a no estar presente en ella. Hay una higuera en el pasado, y sabés que no es la de Sarmiento.

Entre el primer y el segundo damasco, tu hermana menor llama y te pide que le alcances las entradas hasta el lugar del reci. Le decís que no. Por qué. Te agarra un ataque sobremoralista en la justificación. Ponés la típica respuesta, la que sabés que funciona porque le recuerda al contexto conocido: tengo que preparar la cena. Vos no estás preparando la cena, no preparás la cena, nunca sería una excusa verosimil; estás viendo una peli, pero no importa. Sentís que vieja historias se repiten. Tal vez nos guste la posición de victima, pero esta vez decís que no y perdés esa posibilidad (sabés que siempre se puede reinventar ese lugar del que escapás).

Jane Austen. Escritoras del S. XVII. Contra viento y marea. Cuando no había una super producción de lo que seas. Vos sos así. Los momentos de gloria son breves. Un simple roce. Para escribir los happily ever after.

lunes 1 de diciembre de 2008

Lo obvio

Vuelvo caminando con dos bolsas enormes de una verdulería que queda a seis cuadras de casa (voy a esa porque Juan se enojó con la verdulera de la vuelta de casa y como a mí ya me había dado la peor manzana varias veces decidimos no ir más (las verdulería: todo un tema, hasta el punto de arriegar que uno debería mirar las verdulerías que se encuentran en la zona antes de alquilar)) y veo como una a una las cuadras están apagadas. Es decir: llegó el verano = corte de energía electrica. La sandía pesa más si pienso en el piso doce. Ruego con todo el cuerpo que los ascensores anden (sino le dejaré las bolsas al kioskero y buscaré un bar con aire, para leer el libro que siempre llevo y hoy no traje). Una a una las cuadras: intento distinguir si más adelante las luces de la calle está prendidas. La gente en los balcones, en las puertas de los edificios. Yo no tengo balcón. Si tuviera una casa la falta de luz no sería tan terrible. Me sentaría en el patio a fumar el cigarrillo que no fumo.

A la noche sí no va a haber luz. El piso 12 a oscuras me da claustrofobia.

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LLueve, es decir, llovió. Camino las cinco cuadras que restan de Oroño antes de llegar al río (no a Rio). El clisé: luego de estar tanto tiempo afuera comienzo a darme cuenta de qué es lo que los turistan ven en Rosario. Las casas, los árboles, el ancho del del agua, el cesped, la ausencia de tráfico y de smog. Definitivamente hay que adherir al slogan de la municipalidad. Uno piensa: en Buenos Aires hay más oportunidades si se quiere entrar en el mundo editorial. El contraargumento: también hay más gente que quiere entrar al mundo editorial y una carrera de edición. Yo acá, con mi beca de conicet, que causa más tensiones que descansos, haciendome bordear el límite de la depresión en los momentos en que pienso que la idea no va a aparece. Que por más que la busque, no va a haber fuerza que la invente. Camino por Oroño, y tengo una remera verde nueva.

Alguien tendría que decir públicamente que del MACRO lo mejor es el paisaje que se ve por la ventana del piso diez (tal como me dijo Juan: solo va a haber autitos que se chocan con el borde pero no por estética sino porque se les rompieron los ejes).


miércoles 12 de noviembre de 2008

Las vueltas (y no de Aira)

Las vueltas son así. Nos quedamos sin palabras por unos días. Exploramos el territorio con miedo de no acordarnos (doble sentido: en español y en portugués). Buscamos el café que tomabamos antes. Como somos maniáticas gastamos carretillas de tiempo en sumar uno a uno los gastos, comparando tarjetas, evaluando las pérdidas y las ganancia. Porque de eso se trata ¿no? De realizar un balance, de sabér qué nos olvidamos, qué cambiamos, que nos gustaría mantener, qué nos gustaría cambiar.

Exponemos el bronceado con la remera de breteles más finitos (y vigilamos excesivamente la balanza). Nos acomodamos enfrente de la pantalla grande y regulamos la silla, agradecidos por las contracturas que nos evitaremos de aquí en más. Obvio. Seguramente los regalos que trajimos no le van a gustar a nadie. Seguramente no gastamos suficiente dinero en ellos. Seguramente trabajamos o demasiado poco o demasiado mucho. No hay, no existe la experiencia del equilibrio ni en la épica ni en la no épica del viaje.

Siempre está la posibilidad de que esto se torne intimista. Cuando se vuelve, se espera no perder el exterior. Las vueltas son así. Nos damos cuenta de que no tenemos jugo, de que no leimos suficente teoría. Y agarrandonos a la épica coheliana que sin duda deja vivir mejor, nos enfrentamos al temor de no tener nada nuevo para decir, nos mentimos otro poco para sentirnos mejor y programamos, en busca de algo de cientificidad, la próxima visita al analista. Y seguimos (el objetivo: desperdiciar tiempo). Ella y yo. Zoe y yo.

jueves 6 de noviembre de 2008

Guión de despedida

Los tiempos apremian. Mis despedidas son así: quiero hacer todo en dos días, llenarme de Rio para luego sentir saudade. Tengo ganas de volver, no hay nada más lindo que saber que se puede volver.

Puedo escribir apenas un guión, porque a las 17 me voy para el aeropuerto y salió el sol y me quiero ir a la playa. Un ayuda memoria, para el que después tal vez invente un tiempo presente.

Lunes

Vino Adriana. Vamos a Parque Lages, tomamos un jugo juntas, ellase va a la PUc y yo vuelvo al parque. El cuidador me dice al al jardin botánico de dicen maurisinho (que quiere decir que está muito arumadinho, muy ordenado), se tienen pica, un boca-river. parque lages no. la vegetación se desborda por todas partes. Subo por al lado de las cascaditas, en un momento se larga a llover, en otro hay sol. Me meto por un caminito, hasta que llego a un punto desde el que se ve toda la lagoa. En la lagoa hay sol, a mi me moja la lluvia. La vista es una despedida perfecta. Escucho Marisa Montes.

Me voy a caminar por al lado de la Lagoa. No la había visto desde este lado la ciudad. El clima es perfecto, porque las nuves densas, formaditas, y el sol después de la lluvia potencian los colores. Me siento a descansar en el borde, el vientito fresco me redime del calor del parque. Me reconcilio con esa masa de agua en el medio de la ciudad (en algún momento me pareció un sólo un depósito de agua sucia).


Martes

A la mañana me voy a la playa como una diva. Con mi vestidito, mis anteojos (y bue una bolsa de supermercado). La playa de Urca es un sueño de mañana. Leo Umpi.

Tarde. Con Cristian vamos hasta Barra da Tijuca. Im-pre-sio-nan-te. Arena blanca como en las peliculas, fina, y una agua casi turquesa. Son playas extensas, enfrente de unos edificios de tres pisos con balcones de vidrio, en donde uno quisiera irse a vivir.

Noche. Despedida. Mis compañeras de excursiones y de compra y Cristian me organizan una despedida, semi argentina, semi brasilera. Empanadas de carne con caldo de feijao. Cuarteto con samba. Emocionante.

Miercoles

Mañana. Nuevamente diva a la playa. Desayuno ahí, en frente del mar, un salgado y un licuado de frutilla. Leo Umpi.

Tarde. Clase en la PUC. De ahí a Ipanema. Compramos el regalo que nos faltas y caminamos por la playa. Tomamos una cerveza al lado del mar.

Noche. Humaita. Vamos a cenar con Adriana a una feria que hay en Humaita. Es un predio con un montón de restaurantes. Comemos pizza (otra despedida: me despido de la pizza Margueritha,de las pizzas riquisimas de Rio (pienso que tengo ganas de ir a Santa María)). Charlamos de literatura. Es como estar en Argentina, es el calorcito de estar en Argentina. luego vamos al depto y comemos helado y chocolates. Llueve.

Hoy

Ya preparé la valija, no tendría que pagar mucho sobrepeso. A pesar de que anoche llovió ahora está saliendo el sol así que me voy a ir a la playa de Urca a terminar de leer Umpi.

No puedo creer que mañana estoy en Rosario. No puedo creer que no estuve en tres meses. Para mies como si hubiera pasado sólo una semana, me parece ayer que me tomé el avión. me aprieta el estomago de los nervios, me doy cuenta que hay cosas que no recuerdo como las hacía. ya voy a ir recuperando las rutina. Gracias a Dios, tengo ganas de volver.

lunes 3 de noviembre de 2008

Imperiales: Petropolis

Y como Rio les queda chico, las chicas (adictas a las compras) se van a Petropolis. Por más que me estoy mareando cada vez más, y que pienso que los colectivos que realizan este trayecto deberían llevar bolsitas como la de los aviones, cuando salimos de la ciudad el paisaje atrapa (no voy a contar de nuevo el recorrido por las fabelas, creo que ya quedó claro, hay varios Rios y no todos son Ipanema (no hay que caer tampoco en el lugar común de la ciudad partida, ni la pobreza ni la riqueza es homogénea, eso se ve bien cuando se sale para ir a otro lugar o cuando se recorre una y otra vez el centro, por eso creo que me molestó tanto la película, por la dicotomía del clise totalmente aceptada y vendida como producto de importación)). Vamos dando vuelta a los morros, y si se mira para abajo, quedan laderas enormes que descienden en picada, pero no del color de la piedra, sino cubiertas enteramente de vegetación. Son morros que se superponen enteramente verdes, cortados sólo por unos árboles que dan unas flores de un rosa intenso (y que hace que su entorno se convierta en un vestido carioca).

La ciudad, en realidad, el centro histórico de la ciudad, es bello, bello. De esa belleza armónica, que a veces dejamos de lado por muy clásica, pero que cuando aparece así continúa impresionando. Son construcciones similares a las que se pueden ver en Rio, pero todas reunidad sobre una avenida verde con el contrate de los morros de fondo (y sí, voy a ser burguesa, todo está más limpio y organizado, y eso resalta la belleza de una manera diferente que como resalta una construcción histórica al lado de un predio de 20 pisos o en medio de la basura del centro,; una belleza que exige una manera diferente de mirar: en Rio, cuando estamos en frente de estas situaciones, luego de admirar el contraste (ya todos leímos a Benjamin así que sería poco snob no admirar la belleza de la alegoría barroca (más allá que de hecho la admiremos sinceramente y que haya sido lo que muchas veces nos atrajo de la ciudad)) se tiende a cerrar la mirada, se enfoca el detalle, se borra el entorno; en el centro histórico de Petropolis, la mirada se abre, se funde con el ambiente de la misma manera que increíblemente la vegetación exuberante se funde con las mansiones que nos hacen acordar un poquito a la avenida Oroño, se entra en un ambiente, que carga con algo de lo aurático de una película de época.

Nos organizamos, como dice Sole, viajes de princesas (por qué no Anastasia de Disney, (insisto en imaginar Rusia y no Versalles, el clima opuesto, en vez de huir del calor, la familia imperial debería huir del frío)). Caminamos hasta la iglesia por la calle central: nos rodean las mansiones y la construcció gótica se levanta contra el paisaje como si fuera pegada sobre un fondo de dibujito animado. Llegamos al final de una misa. La belleza profunda y sacra del canto del coro. A veces me gustaría haber nacido en Iena (y no justamente por la promiscuidad del grupo) sino para confiar sin peros en la posibilidad de la poesía de alcanzar lo innefable.

El palacio Imperial queda para la tarde. Nos ponen unas chinelitas ridículas y comenzamos a recorrer los aposentos de su majestad. Soy un producto de la posmodernidad: me encantan los palacios armados con el mobiliario original (no me digan que pueden ser de mentira, ahí el dragoncito hecho caricatura me dice que son de verdad y yo le creo). Diseñar una cotidianidad a la medida de esos objetos que van llenando las habitaciones, exactamente lo que Gumbrech quisiera que dijera en función de confirmar sus hipótesis en parte bestselleristas.

Terminamos, como se termina todo cuento, con un paseo en un carro tirado por caballos blancos y majestuosos, con un cochero de galera, que nos deja bajar y sacarnos fotos, sobre la superficie histórica, en los pliegues de la superficie histórica. Es que así aprendimos a lidiar con el sentido. A generar efectos de realidad.

domingo 2 de noviembre de 2008

And again, and again: sobre la cotidianidad y la experiencia

Uno de los beneficios de la residencia es que se puede escapar al exceso de novedad conocida del turismo. Se puede repetir una y otra vez el mismo lugar, armando una cotidianidad con el espacio, que no por eso deja de sorprender. Pero para mí, que mi relación con los lugares (para no decir con algunos aspectos de la vida) pasa por una exageración de ese rasgo turístico, el escapar a la novedad me deja siempre la sensación de que podría (debería) haber hecho otra cosa.

Viernes y sábado además de desafiar al clima, a un dolor de cabeza que parece que quiere dejarme en cama, desafío mi deseo de novedad, porque si hay algo que aprendí durante estos meses es que no sólo en lo nuevo se encuentra la experiencia. Entonces, el viernes a la noche vamos a Lapa con Cristian (contaba entonces que creo que visité más veces Lapa que Ipanema!! es que ese barrio y sus alrededores parecen tener siempre algo más para ofrecer, algo más que me falta hacer). Al mismo restaurant que descubrimos con las chicas, el Arco Iris, bueno, bonito y barato. Y después vamos a la rueda de samba, que hacen en un barcito en la calle, con muy mal sonido, pero con un repertorio que parece siempre incluir algo que Marisa Montes haya cantado y un poder de convocatoria tan amplio que ninguna de las veces encontramos mesas.

Y el sábado, con las muchachas adictas a la compra, volvemos a la feria de la calle Lavradío (sí Lapa de nuevo pero de día (es como si de día uno nombrara el barrio por sus calles y de noche es solo una palabra, para resumir todo lo que se abré ahí, en esa multiplicidad de ruas)). Termino de comprar regalitos (no se que haría sin la Sole y sin Denisse que me salvan de mi indecisión creciente conforme se acerca la partida), y volamos a Santa Teresa a comer feijoada en un barcito divino, con rejas viejas. Luego tomamos un café en una librería que yo no había visto (ven, como diría Cortazar, lo fantástico está en lo cotidiano (sí, sí, compañeros de letras, una cita de cuarta)) y comemos uno de esos postres de chocolate y mousse que combinan perfecto con la mesa en la que nos sentamos. Lo impresionante de ambos lugares son las vistas, lo bohemio pero no preparado para el turista, sino vivido, cotidianidad desde los que uno supone los ateliers. Por último, un negocio de ropa vintage. Toda, toda, una diva, sólo me falta el dinero (literalmente)

Lo nuevo viene de noche. Trapiche Gamboa. Debe ser uno de los lugares más hermosos de Rio. Un boteco (aunque algo chiqui) en el que se hacen ruedas de samba. Como no reservamos mesas, nos toca el patio de la terraza, y obvio es divino. Techos altos, ladrillo visto y la cantidad de gente justa. Hay que ver como samba Denisse. La parte de arriba del cuerpo no se mueve, así que los brazos quietos muchachas, nada de esa cosa de viejas con los bracitos alzados. Cuando ella me dice que sambo bien, que soy toda una carioca, brillo de alegría. Yo nunca fui de las bailarinas del grupo de amigas, siempre quedaba en segundo plano, por falta de ganas o de lucimiento. Tal vez lo que me faltaba era sambar en Rio.

jueves 30 de octubre de 2008

Rio me dió una tarde más: Pan de Azucar



En 15 minutos va a estar oscuro y voy a poder ver las luces de la ciudad, a manera de comienzo de mi despedida de Rio. Ya hace casi una hora que espero, medio entredormida, pero no puedo bajar sin ver ese cambio.

Hoy a la mañana miré el weather que me informó que lloverá hasta el día de mi vuelta. Que a pesar de eso (cuando yo resignada pensaba hacer el Pan de Azúcar aunque el día estuviera nublado) saliera el sol, no pude dejar de vivirlo como una señal de que mi mala suerte, que empezó aproximadamente tres semanas atras, había terminado (después voy a perder el estuche de la cámara, pero no importa, tengo otro, puedo comprar otro).

Los bondinhos son inestables, pero el paisaje es impresionante. Todo Rio de nuevo. A diferencia del Cristo, el Pan de Azucar tiene espacios de lazer. Es decir, es mucho más bonito para quedarse ahí, retosando, en un estado ameba pero en las alturas. La primera parada, que es el Morro de Urca (el mismo que tengo frente a la venta del balcón), tiene unas reposeras de madera super comodas y bonitas. Hay increiblemente un lugar para hacer fiestas, ver el amanecer desde ahí, con vestido largo y sandalia de tacos altos, debe ser una de las cosas más bonitas del mundo (igual lo voy a votar segundo para las nuevas 7 maravillas, porque soy nacionalista, y voy a defender las cataratas).

Y en el Pan de Azucar no es sólo la vista. Son los millones de caminitos en que se abre el morro, para dejarte caminar, al lado de los monos, sin gente, sin los miles de zoom que asedian el paisaje (y los turistas chinos tarados que se sacan fotos con los nenitos de brasileros como si fueran animalitos, deberíamos pensar por dónde pasa elprogreso, porque eso seguro, y mi seguridad es modernista, no lo es).

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La ciudad finalmente se encendió. Nada. Solo una de las vistas más impresionantes que vi en mi vida. Antes, les juro, vi un arco iris.


Ultima Parada 174

[Esta entrada va a tratar de la película que fui a ver el martes (uf como pasa el tiempo) al auditorio o globo; se va a ir construyendo lentamente, porque tengo intenciones de hacer un artículo con eso o algo parecido]

miércoles 29 de octubre de 2008

Mi Victoria Ocampo

Me decido ir a hacer el paseo por la Biblioteca Nacional (el centro de Rio es un lugar muy interesante y por momentos atrayente, pero como sé que sí o sí me voy a perder me da fiaca ir para allá). Antes, como llego temprano, doy una vuelta a la manzana y de casualidad encuentro el libro que me robaron en un sebo instalado en la calle y 8 reales más barato que la primera vez. Dudo en comprarlo, me daría mucha impresión que fuera el mismo, pero el precio es tentador, más barato de lo que me saldrían las fotocopias y entonces má sí lo compro, pero no lo puedo poner en la cartera.

Está bien que no estuve en muchas bibliotecas en mi vida y que entonces mi verificación carece de validez, pero nunca estuve en una que tuvieran tantas restricciones para moverse. Que documento por aca, que ticket por allá, que deje la cámara que yo no llevo más a ningún lado, más acá. Sin duda el edificio vale la pena aguantar un guía que no nos deja entrar a ninguna parte, ni tocar ninguna cosa. La biblioteca no parece tener función definida. Para ser biblioteca, el acceso al material es tan complejo, que asusta al investigador más adiestrado en ponerse esos guantecitos blancos que luego tenes que devolver (y en lo único que hace pensar es en las jerarquías que en brasil se repiten hasta el infinito: usted sabe con quién está hablando?). Para ser archivo, o museo, o lugar de preservación de un material para generaciones futuras que quieran arriesgarse a nuestro presente, es demasiado biblioteca, o se la cuenta demasiado como biblioteca.

Dos cosas del recorrido. A la entrada dos murales. De un lado, la sabiduría (en bolas) descendiendo sobre la humanidad. Entonces abajo una serie de alegorías que no recuerdo. El esfuerzo, la investigación (un poco fálica con un microscopio que cubre sus partes pudendas). o algo así. Del otro lado, la ignorancia. Debajo, la desesperación, la pereza, una que llora. Los paneles en sí no son impactantes, pero la dicotomía en este país me da una sensación de violencia que me aprieta el estomago. La otra cosa, la sala de 6 piso con 300000000 de libros. Es la biblioteca borgiana y yo, por más que no soy escritora, siento que se me va a caer encima.

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De ahí a Café Colombo. Posiblemente a Lita esto sería lo único que le hubiera gustado. Pero no se, ella tenía gran capacidad de adaptación (creo que no le hubiera molestado que yo no me casara con Juan). Aunque sus playas eran las de Europa... son las de Ibiza o las de algún otro lugar del hemisferio Norte. O las de esa gruta, que siempre contaba, en la que para entrar tuvieron que tirarse al fondo del bote, y seguro desués las luces brillaban por todos lados en las estalactitas que seguro había (todavía me acuerdo de esa foto, en la playa, ella estaba en maya, posiblemente era Mar del Plata, pero no importa, no importa que no haya ido al mar en Europa, para mi está en el Hemisferio Norte). Los espejos creando abismo. Los marcos hasta el techo, y la vajilla expuesta en vitrinas de cristal. Los platos con bordes dorados y unas tacitas pequeñitas de bordes gruesos sobre la mesa de marmol y en frente de las sillas con esterillas.

Me siento de espaldas a la calle sólo para acentuar el efecto, mientras como um Doce do Belem, típicamente portugues (no quiero ser una princesa portuguesa, todos dicen que eran feas). Tendrían que prohibir cosas que rompan el efecto, pienso en mi faceta elitista. Un señor que entra en musculosa con los pelos de la espalda al aire; una chica que le saca fotos al menu, para luego comerse una hamburguesa enorme. Prohibir los flash, así puedo concentrarme en el grupo de señoras que toma el te (en realidad comen con Coca Zero, pero no importa). Se que yo tambien quedaría afuera (cómo me tentó el posiblemente en esa frase!). Sé que esta mal, es mi maldita Victoria Ocampo que se me cuela entre las lineas, entre mi Norah Langue

(Guardo el libro en la cartera, voy a desafiar a mi suerte).

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Después, porque los constraste no me alcanzan, un paseo por Uruguayana. El museo de Elio Oticica no existe. Me meto en un briga por carteras horribles que una señora desparramó en el piso y vende supuestamente a precios muy baratos.

La pelicula y el debate, esa es otra historia.

domingo 26 de octubre de 2008

Como locas en Buzios

Nunca llegué a una ciudad nueva de noche. Otra primera vez. Voy respirando el aire que entra con el olorcito a vegetación de los morros (luego de ver la imágen de las fabelas iluminadas contra el vidrio, y no poder evitar el rasgo pintoresco que adquieren las luces de noche) y me alejo de Rio (necesitaba alejarme un poco de esa ciudad que se abre en mil partes).

Las chicas se van a reir todo el viaje de mis formas de percepción, así que empiezo por mi primera impresión "desviada": una habitación con cucarachas, playas finitas y un mar que se parece demasiado al Paraná. Imagínense mi cara deformada enfrente del agua sucia de algas.

En un momento Denisse va a decir "este es un viaje de princesas" (por bastante poco dinero). Y es que sí, "estuvimos como locas" (me gustaría poder reproducir el sotaque). Porque el mar se va a despejar juntos con las nubes y va a aparecer el agua azul clara, y el color turquesa y todo el paisaje de Ferradura se va a expandir a nuestro alrededor. Estamos ahí en las reposeras, estado ameba, admiradas del paisaje, esos momentos en que se repite una y mil veces qué lindo como para lograr conciencia de la situación de folleto turístico. La playa redonda y mil vistas dependiendo de en que lugar elija pararme.

Las compras empezaron leves por la mañana (un vestidito que me pruebo y no me compro por acá, una colcha rebajada por allá) y se desataron desaforadas a la noche. Buzio es un lugar lleno de negocios a mejores, mucho mejores, precios que Rio. Salimos con nuestros atuendos cariocas.Princesas. Y el encuentro del viaje es un negocio, en el que adquiero incriblemente ¿qué? una bikini. Caminamos, miramos, preguntamos. Van a ser la 1 de la mañana y en el único negocio que sigue abierto las chicas vamos a seguir comprando. Extenuamos así nuestra capacidad de adquisición de cosas banales que nos quedaban increiblemente bien, para terminar con un crepe de chocolate con morango, luego de los mejores mariscos que comí en mi vida.

Al otro día Tartaruga. Como si la noche no hubiera sido suficiente, adquiero el vestidito de playa con el que le taladré el cerebro a mis compañeras de viaje y un par de aros enormes con los que quedo increiblemente ridicula pero que resaltan un aspecto de diva oculto (juego con el ruedo de mis vestido de mariposas como si fuera una nena). Vamos acumulando bolsas sobre la mesa, somos las chicas que compran cosas, deben pensar los vendedores. En esas playas chiquitas de menos de 4 metro, me imagino a mis viejos como enjaulados entre la sombrilla y el mar. Para mi el color y la temperatura del agua lo justifican (para playas más extensas hay que ir más al norte, a Natal, lo que exige cantidades de efectivo mucho mayores de las que disponemos o un príncipe rico del cual hacernos amigas). Y por primera vez, remo en el mar: con Sole alquilamos un kayac y luego de dar vueltas en círculo cerca de la costa, nos internamos en la inmensidad confiando en nuestros brazos y en nuestras fuerzas de nado si nos damos vuelta, porque como cuando pedimos salvavidas el chico nos dijo que nos quedarían marcas y salimos así en bikini nomás.

Tengo mi equipo brasilero de playa preparado para la vuelta y una cuantas imágenes en la retina porque el fin de semana trascurrio sin cámaras (en realidad, nosotros pensamos que las revistas nos iban a estar esperando, pero se ve que las elecciones del domingo eran más importantes que nuestra escapada de fin de semana).

lunes 20 de octubre de 2008

Después

Ayer me compré un vestido, y ahora soy una princesa que contempla la fauna tropical, los pájaros que se esconden entre los recovecos del morro, desde la ventana del pequeño palacio.

Ayer, antes de comprarme el vestido y luego de una experiencia temporal dislocada por el cambio de hora que yo suponía inexistente aquí en Rio, fuimos al Museo de Arte Moderno. Me sucedió lo mismo que con el otro museo. Nada me atrajo de la colección, sólo unos cuadros de Tarsila. Me quedé pensando en como me gusta mirar los Berni, quedarme ahí en frente, como una verdadera contempladora de arte, en esos ojos, en esas manos (saudade: el sábado, en Lapa, mientras bailábamos samba y bebiamos caipiriña me moría de ganas de que intercalaran un tema de Rodrigo). El edificio sí que es impresionante, las vistas desde todos lados son lo verdaderamente atrayente. Mientras Denisse y Sole terminan de ver los cuadros, doy vuelta una silla y me quedo mirando por el ventanal. La distribución del paisaje del museo, realizado por un paisajista famoso, esta hecho para armonizar con las texturas del entorno: al mismo tiempo que veo las olas romper sobre las piedras, veo más cerquita otras piedras, más lisas que actuan por contraste con la espuma que se acumula en las otras.

Salí sin nada. En realidad, más que a la violencia, a cualquier episodio de violencia, le tengo miedo a mi mala suerte.

sábado 18 de octubre de 2008

"Ha sucedido lo que yo más temía" (A.P.)

Estábamos en la playa. Cristian, Sandra y yo. Dejé el bolso al lado de la reposera de Cristian (no en el medio de la playa, al lado de la reposera). Nos quedamos entredormidos, nos despertamos y ya no estaba.

La angustia me aprieta el estomago. Desde ese día, desde el miercoles, hay momentos en que tengo muchas ganas de llorar. Entre la bronca de no haberlo atado, como lo hago siempre. Entre la bronca de saber que la gente piensa que me descuidé, que siempre soy descuidada, cuando en realidad fue un segundo. Entre la bronca de sentir que nadie me cree cuando digo que no llevo nada a la playa. Es la culpa, es dudar, y no poder decir, como todo el mundo, no no fue mi culpa, fue de la gente que se lo llevó. Y lo típico ¿por qué a mí?

Tenía en el bolso mi libretita. Creo que el bolso en sí, que adoraba, y mi libretita es lo que más me duele. Ahí tenía todo. Direcciones de lugares que había visitado, un resumen de gastos a la manera de Sarmiento, una parte del viaje.

Resolví todo, pero solo quería llamar a mi mama y decirle "venime a buscar, yo no puedo con esto". No puedo hacer una épica.

Me aterró que pudieran usar la tarjeta, pero más aún que tuvieran "mis" cosas. Que puedieran leer la obsesión de los numeritos y las direcciones que estaban colmando los renglones.

martes 14 de octubre de 2008

Diálogos (¿diálogos?)

A: La relación del hambre con la literatura parte de una paradoja fundamental: no se puede escribir literatura con hambre. Se puede escribir testimonios, pero eso no es con lo que me interesa componer el corpus.
Y: Me hubiera gustado hacer ese seminario.
C: Está dando infancia, no hambre.
X: Pensaste la dislocación que se produce entre cuerpo torturado y lenguaje: el que ha sido torturado no puede articular los modos básicos de la lengua, por ejemplo, no puede conjugar correctamente los verbos.
Y: realmente es interesante que trabaje con una noción de cuerpo real.
R: Lo que me pasa con el concepto de sitema es que un concepto de sistema demasiado fuerte no me deja pensar ciertas topografías de lo artístico que me interesa abordar; y si lo debilito hasta el punto de que me permita pensarlas ya no es un sistema.
H: Es una pregunta que yo también me hago, es necesario una noción que encuentre el equilibrio entre los extremos.
Y: Para mí no hay equilibrio productivo en esa noción.


Jugamos en el límite entre la superficialidad y el pliegue de la superficie (Deleuze - Leibinz). Por momentos, se vuelve la exposición de una actividad masturbatoria donde sólo importa acariciar la propia voz. Connivencia grupal a la exibición, porque por más que intente leer con el portugués de fondo, me quedo amarrada al sillón. Ayer volví de muy mal humor, hoy sentí que se abrieron más posibilidades. No se si no escucho porque realmente é ruim o porque no puedo abrir los oidos del enfoque con que me formé o porque me encierro en el cuadrito que marcamos con la cruz del especialista. Un límite que hay que convertir en producción: entre el simple goce y la responsabilidad ética (por qué no social). Somos necesarios tantos?? La articulación es más difícil cuando no se está descubriendo una vacuna que prevenga el cancer.

domingo 12 de octubre de 2008

Gay Parade o sobre el espectaculo

Como salió el sol fuimos con Cristian a encontrarnos con Sandra en Ipanema (antes cuando al mediodía se nubló toqué la desesperación con la punta del cerebro) . Conté, contamos, a raudales, a borbotones contagiosos lo que habíamos hecho. Supongo que en algún punto, sin que nadie nos lo pidiera, debíamos rendir cuentas. El sol por fin me hizo arder los cachetes, tengo la piel marrón y la punta de la nariz roja. No puedo decidir cuál de los pareos luna comprarme.

Cuando Sandra se va con J., nosotros vamos a ver el Gay Parade, la manifestación-fiesta gay que se hace todos los años en Rio, esta vez, en el posto 6 de Copacabana. La escena es la siguiente: camiones convertidos en especie de carrozas con parlantes con música electrónica que hace vibrar el suelo y gente que baila, ya sea disfrazada o en zunga, en una especie de pista que el acoplado arma, bebiendo agua mineral (todos sabemos que si se tiene cierta conciencia ciertas cosas no se mezcla, y no me refiero a los géneros). Alrededor, más gente camina, se amontona, toma bebidas alcoholicas (bebados). Turistas miran como si fuera una atracción armada, y se sacan fotos abrazados a los travestis. Entre Lapa o Maria Rita y esto hay el abismo que existe entre la potencia del carnaval bajtiniano y la funcionalidad al sistema de muchos de los espectaculos mass-mediaticos (y eso que yo estoy lejos de demonizar a la televisión). Esa es mi primer reacción. Un rechazo que me va llenando, la sensación de que me quieren engañar vendiendome espejitos de colores (me siento así, traicionada en mis expectativas). La fiesta gay, que se supone tiene un carcater de protesta, está demasiado cerca del power point del jueves, y demasiado lejos del tipo que levanta latitas de cerveza para ganarse el mango. El argumento es este: todos sabemos que muchas cosas que funcionaron en los 60 como transgresión, ahora ya no funcionan. En un sistema que en general (y no soy arcaica ni homogeinizo ni propongo el aislamiento: soy de la idea de que como el mercado todo produce grietas y que es posible actuar desde esos resquicios (aunque las micropolíticas de Focault me dejen siempre el temor de ser respuestas que nos dejan dormir tranquilo)) apuesta a lo superficial, a convertir la vida en un consumo constante, la manera de reclamarle a ese sistema por la violencia que ejerce en este caso sobre las personas que eligen una sexualidad que sale de lo que se lee como norma no es repitiendo paso a paso esas lógicas sino desestructurándola, desarmando los flujos de energía para que corran para otros lados. No estiendo cómo gente que parece querer ser simplemente consumida por la foto que toma el turista mientras pierde cualquier posibilidad de acción en la pastilla que delata el agua mineral, piensa que puede articular un reclamo. Me indigno, pero mi indiganación no es la de la viejita que se indigna cuando ve dos chicos que se besan, de nuevo, siento que me están vendiendo un buzón y que creen que yo soy tan tonta como para comprarlo. No es intolerancia, cualquiera que sepa como pienso, sabe que no es intolerancia a la diferencia. Si me dijieran: es una fiesta vení, embarrachate y divertite, vamos, nos enborrachamos y nos divertimos, pero nadie vende buzones. Me quedo sin embargo con la duda de si simplemente no estoy separando, como exigen las divisiones tradicionales, dos modos, uno de la diversión, otro de la protesta, que sólo van separado en ciertos ordenes y no en otros.

Cuando nos sentamos en un bar de Copacabana, para descanzar del ruido, Cristian me cuenta el supuesto origen: en San Francisco se habían proihibido todas las fiestas, los gay hacen una igual, entra la policía y mata a muchos de los que se encontraban adentro, entonces grupos de gay comienzan a realizar fiestas como modo de protesta. Entonces ¿qué hacemos con una forma que parece perder su potencial? ¿conserva algo de simbolo de protesta el emborracharse, a la vez que se pasa en camiones pidiendo la promulgación de una ley y con un cartel que le dice a las mujeres golpeadas acá podés encontrar una ayuda? ¿la fiesta ha perdido todo su poder disruptor? ¿los pibes que mean atras mio en las palmeras, hacen algo más ahí que exibir sus miembros a ver si encuentra un chongo o una chonga, me importan nada la orientación sexual?

La "carrozas" pasan por enfrente mio, y tengo una sensación ambigua. Cuando leo el cartel de las mujeres golpeadas, cuando escucho a la chica que grita las consignas por el altavoz, pienso que por un par de boludos y boludas la forma, entre el puro espectaculo y el carnaval, no pierde su fuerza. Pero no estoy segura, no se si es que ya me acostrubré, que me adapté o que el movimiento (cuando por primera vez nos acercamos todo estaba quieto, los camiones antes que carrozas eran escenarios), la puesta en movimiento encaminó todo hacia un rumbo diferente, orientó las fuerzas hacia ese avance.

Empiria

Jueves
Antes de venir acá, justo antes de tomarme el avión, estuve embarcada en discusiones sobre la tediosa pero evidentemente siempre inevitable acreditación. Entonces, en un equilibrio siempre inestable, vamos al congreso de enfoques empíricos sobre la literatura. Para ver que pasa, para agregar un papel más, para ver si los coffee break son como en la PUC.

Hacemos el viaje hasta el campus de la Universidade Federal do Rio de Janeiro en metro. Ir hasta el campus implica salir de la turística zona sur, implica enfrentarse con un entorno en que el sincretismo se torna amenazante. Luego de que hacemos la combinación, el metro sale a la superficie y, a pesar de ser metro, se convierte en tren. Ahí me empieza a doler la panza, es una presión en el estomago, ganas de dar vuelta el tren y volver, ganas de no ver. Lo que me empieza a rodear me oprime, la pobreza hiere en los ojos. Esta bien, no soy un intelectual mirando a los cabecitas negras, no soy una clase que teme el ascenso de la otra. No pasa por ahí, es un temor visceral, una impotencia estomacal. Es muy dificil salirse del tópico del outsider, no traicionar con el relato aquello que nos marca la piel. Lo unico que llegamos a acordar con Cristian es que volvemos antes de la noche, como sea antes de la noche.

En la universidad pública no hay carteles que te peguen en la cabeza. La distancia de la inutilidad del enfoque que vamos a escuchar y ver una y otra vez en los power point (otro tipo de visión, redundantemente capitalista, redundantemente inutil) choca contra el entorno que me oprimió el estómago. Entonces ¿que hay qué hacer? ¿reconocer la validez de la diferencia? ¿pensar que son formaciones diferentes con el mismo grado de derecho a existir? ¿nos volvemos intolerantes si afirmamos la inutilidad de ese enfoque? No, creo que no, es un deber ético: gente, el enfoque empírico de la literatura, del discurso en realidad porque la literatura pierde toda especificida (ya sabemos la especificidad es histórica, pero este extremo tampoco vale) lleva en general a visiones simplistas e inútiles, que no desgranan fuerzas, que no logran ver interacciones. Y sí, es un valor moderno, crítica como complejización, literatura como riesgo. Cuidado cuando nos cansamos de la ponencias leídas en los congresos, porque éste es el otro extremo, la presentación de investigaciones por gráficos idiotas que no dicen nada. Hay que encontrar un lugar de tensión, y nuevamente moder, ese lugar exige elaboración. Y la elaboración, al menos para mi, se choca frecuentemente con los tiempos de la acreditación.

Volvemos en trafic. Las fabelas está ahí, al lado, me queman los dedos, no son gráficos en un power point.

miércoles 8 de octubre de 2008

Arañas

Recién, en vez de matar una araña que bajó hasta mi monitor, tomé el hilo del que pendía y la deposité en el suelo. Más intenso ante la ajenidad de gesto, me acordé de vos.

lunes 6 de octubre de 2008

Atracciones

Me canso de leer a Chejfec. Me arden los ojos por la pantalla y por el temor de estar forzando hipótesis. Me asomo a la ventana que da al morro y veo dos pajaritos y un colibrí: rojo brillante, azul intenso y la fuerza de lo neutro, blanco y negro. Pobres gorriones rosarino. Si vinieran aquí se sentirían desnudos. Dos atracciones diferentes: lo nuevo y lo cotidiano. Parece que sólo pueden convivir así, en tensión.

domingo 5 de octubre de 2008

Intimidades de William Shakespeare y Victor Hugo

A Lita
IM

La pelicula. A veces, en la vida se tiene la ventura (palabra más vulgares implicarían desmitificar el encuentro) de que las historias estén justo en tu pasado. La intensidad de la voces guardadas en una casa que se abarrota de cuadros y flores casi secas. Cristian me habla de la figura del homosexual, de la demonización y del genio. En mi cabeza sólo resuena una palabra. Abuela.

La señora que se levanta y que se duerme. Que habla, recordando, a través de sus prejuicios, una relación que todavía no entiende. Las viejitas de Puig en Rio en una película mejicana. Yo dejé que las voces se escaparan sin registro. Era mi responsabilidad. Para eso estudié Letras. Dejé que esas historias se quemaran en el horrible esplendor del verde. Esa siesta me dormí. Y ella esperó. Me despertaba a cada rato, me ponía los lentes, la miraba. Hacía mucho calor, ni siquiera tenía sueño, pero me dormi. Y ella esperó. No supe escuchar, no supe.

Cuando vuelvo el cartel de Coca-cola se enciende y se apaga. El morro de Urca se ve pequeño a través de la bahia de Botafogo ¿Qué hubiera pensado de este viaje? ¿de este riesgo? Ella que esperó diez años y se casó de azul oscuro. Ella hubiera entendido: que no es como sus escapadas pero que se parece (un instinto nómade aferrado al sedentarismo). Siempre pensó que yo iba a escribir una novela como Rosamunde Pilcher. Tengo miedo de dormirme, igual que en aquella siesta.

sábado 4 de octubre de 2008

Aca al lado



Hoy el mar estaba calmo. Ni una ola movia la bahía de Urca. Con el agua a la cintura todavía veo mis pies, que se unden en la arena, alla abajo. Lejos. Hay un paseo para subir al morro . La cercania habia hecho que me retrasara. Hoy fui. Y confirmé que lo que vi ayer era un mono, que se escapa de la belleza de su jaula casi militar para venir a caminar por mis cables. Por la veira de mi cabeza. No es el mismo mono que veia en épocas de examen caminar por la venta de noche cuando me sentaba dormida en la cama del departamento de Maipu. Este me parece que es real.

viernes 3 de octubre de 2008

Rodizio Nocturno

Hoy, por los cables que cruzan en frente de la ventana del quarto, pasó un mono (mañana voy a ver un pájaro carpintero igua, igual al del dibujito en la PUC). Fauna brasilera. Ahí me di cuenta por qué ladran así los perros, porque ven monos y no gatos ¿Cómo reaccionaria Daria, con un pájaro carpintero y un mono dando vuelta? ¿los perros viven el asombro?

A la noche vamos a un paseo nocturno (sí a la redundancia). El centro. Odio el centro de Rio porque hasta que no logro entrar fico perdida. Las iglesias iluminadas en el medio de la basura. Los olores y el calor no me dejan respirar: (cómo lidiar con el pudor para decir esto, en relidad creo que no es el pudor, sino el sonido) los cariocas mean toda la ciudad y el sol hace el resto. Pero las luces brillan y mudan, y eligiendo de los sentidos el preferido por Occidente, continuamos caminado por callejones de putas y malandras (literalmente: ruadaspu). Las piedras portuguesas, las flechas, las fachadas.

Llega un momento en que solo quiero sentarme y cenar. Entonces, de nuevo, siempre fascinante, Lapa. Hay una escalera decorada con azulejos pintados por un pintor que tiene tres obseciones: pintarse él, pintar embarazadas, pintarse a él mismo embarazado.

Lapa: uma janela e rodizzio de pizza com manjericao (una ventana y pizza libre con albahaca). Ahora el morro se está metiendo en el aula y yo tengo sueño.

jueves 2 de octubre de 2008

Ansieintensidades

Noche de insomnio. Mis miedos y ansiedades suben como gusanos de vidrio por mi espalda. Arman un hueco en la parte baja , y comen mi medula de a poco. Las vértebras corren el riesgo de desanudarse y convertirme en un esperpento. El temblor llega hasta los labios.

Cuando intento recuperar un poco de sueño, un ruido fuerte invade el quarto. Turbinas de un avión con sirenas de fondo. Por un momento pienso que si me levanto y abro la cortina, voy a ver el ojo de Godzilla que me escruta.

Debe haber túneles subterráneos que unen las casas de los urcanos ricos. Sé que de noche se reúnen a confabular debajo del Pan de Azucar. Planean junto con los murcielagos y las palomas conquistar el mundo.

lunes 29 de septiembre de 2008

Protección

Algunos urcanos corren de mañana, enfundados en sus trajes verdes de protección, al borde de la diana, son los que protegen el territorio. Cuando yo salgo en auto para ir al recital es necesario prender la luz para que sus armas no me disparen, porque yo no les robaría sus juguetes, no me atrevería.

Hay un dejo de amargura en la voz de Sil cuando habla de eso. Ella piensa que se puede cambiar algo. Yo soy la pixie maldita y desesperanzada que coincide con Mike Davis.

domingo 28 de septiembre de 2008

Nao deixe a samba acabar.

Me estoy mirando en el espejo, los ojos con rimmel apenas corrido, mi pelo con las ondas que vuelven a la noche cuando llego aunque esté planchado. Acabo de volver del show. Maria Rita en Vivo Rio. Las manos todavía sienten los golpes de los aplausos, en la garaganta fica todo lo que canté sin conocer las letras.

Hay mesas entre el escenario y nosotras. A Silvia eso la enoja, yo no puedo creer que estoy ahí, Maria Rita se ha ido cargando del aura de las estrellas de a poco estas dos semanas. Ha mudado en la figura que condensa Rio. Por suerte estamos paradas, porque vamos a bailar todo el recital. La fiesta apenas acaba de comenzar, así empieza y termina el espectáculo, que cumple literal la promesa de la primera música. La fuerza de Maria Rita en el escenario, los músicos, todo da no jeito certo. Tudo da no jeito certo.

La gente se juega la vida en cada nota que canta. Yo también. Es entrar en el tiempo paralelo del cuerpo, sin necesitar de ninguna sustancia desestabilizadora. Un paréntesis, unas aspas. No importa lo que pasa afuera del círculo. Sólo el violeta y amarillo de la pollera. Sólo la percusión que marca el paso, y la voz que frasea.

Hoy fue un día dificil. Hoy, al escucharla a ella, entendí el carnaval. Nao deixe a samba acabar.

sábado 27 de septiembre de 2008

Roteiro musical

Si estuvieramos en Italia y la obra fuera la Divina Comedia, Silvia sería nuestra Beatriz musical. Acá, en Rio, no se me ocurren equivalentes para la misión que desempeña ¿cómo sería una Beatriz carioca? Antes fue Zizi, y ahora dos espectáculos seguidos na Casa de Arte y Cultura Julieta de Serpa. Estamos literalmente en un palacio, con sus arañas, sus espejos y sus escaleras con alfombra roja. Cristian no quiere entrar, yo jamás extrañé tanto mis stilletos. Piso hasta con cuidado, lo reto a Cristian que casi rompe las flores que coronan la mesa paqueta en que nos sentamos. Los mozo toman los pedidos en esa pequeñas computadores de mano de las que nunca recuerdo el nombre (antes miramos con cuidado el cardapio, para elegir, al final, simplemente una cerveza y unas papas prusianas que resultan ser papas rejillas). Cada adorno es un detalle, cada voluta un exceso más.

El jueves fue Sururu na roda, hoje Joyce e Zé Renato. Dos experiencias totalmente diferentes. El primero, un grupo de cuatros personas que tocan una música que hace casi imposible permanecer sentados. Lo impresionante no es sólo el sonido sino la coordinación de las voces e instrumentos en esos ritmos que pasan rápido, apurados por las percusión que apenas entran, los hace salir. Renato y Joyce son otra cosa. Dos intensidades diferentes. Ellos se juegan la voz en las cuerdas de la guitarra. Por momentos me hunden en las melodias, en otros, la afección es tal que tengo que salir a respirar.

Un poeta dijo,
y a los poetas nadie los contradice,
que es mejor vivir que ser feliz

Hoy a la mañana, escuché música, Marisa Monte, camino a la PUC. Aquello que hace un mes y medio escuchaba en el colectivo sin entender, hoy en el omnibus fico muito claro. Tal vez tenía que venir a Rio para entender. Luego en la clase, hablo sobre la figura del travesti en la ensayística de sarduy. Me escucho leer el texto que con la ayuda del diccionario de word escribí en portugués y mi voz por primera vez se extraña, suena más dulce en esa lengua, me cuesta creer que sea yo la que pronuncia.


E agora é tanto amor
Me abrace como foi
Te adoro e você vem comigo
Aonde quer que eu vôe...


Prá ser sincero
Meu remédio é
Te amar, te amar...


Não pense, por favor
Que eu não sei dizer
Que é amor tudo
O que eu sinto
Longe de você...


Cuando salgo, bajo las escaleras como en un cumpleaños de quince imaginario. Mañana me toca Maria Rita. La entrada está ahí, expectante, me mira como diciendo no vas a poder escribir sobre esto. Yo me rio (de Rio, como decía Iri) y, de nuevo, las cosas no están tan lejos como nos enseñaron (aunque sempre fique con la sensación en la yema de los dedos de que me quedó algo por decir).

martes 23 de septiembre de 2008

Turísticos

Salió el sol, y sí, nos vamos al Cristo. El típico paseo de Rio, en el que vamos a oir mezclada las lenguas hasta que todo se convierta en un susurro múltiple, inestable. Antes, como voy a Botafogo caminado, con lo que ahorro del omnibus, desayuno: jugo de frutilla (suena raro así, en realidad tomé suco de morango) y un salgado. Como nosotros no contratamos excursiones, pegamos el 583.

Alguien me dijo, no recuerdo quién, que evitara todos los vendedores que asedian antes de subir al tren y que eligiera la subida tradicional. Hacia allá vamos, la carterinha de la Puc es el salvavisa (quise poner salvavida pero creo que el neologismo involuntario fue revelador). Como nos sobra tiempo, intentamos recorrer en Laranjeiras un largo que nunca encontramos, y después esperamos, viendo como se nubla, temiendo que las malditas cosas blancas se crucen en el medio de nosotros, la estatua y la ciudad.

El trencito es maravilloso, va por el medio del morro, atravesando la vegetación. Consigo una ventanilla, pero como siempre, siempre!, me pasa, elijo justo el lado equivocado, el que no se ve para abajo. En fin, no importa, porque voy a recuperar todas las vistas arriba.

Y ahí abajo está toda la ciudad. Toda, toda (menos las favelas que el morro tapa, parecen que hubieran contratado al hermano de la estatua para ponerlo ahí). La playa, el mar, la universidad, el mar, el cementerio, el pan de azucar, urca, botafogo, el cementorio, las favelas con vista al mar de zona sur. No es que me la cuente, pero yo ya había entendido la ciudad. En proyecciones de planos fue solo una confirmación. Pero el resto... la altura, la distancia, el Cristo que parece que se te va a venir encima, con sus manos abiertas (donde esperamos el tren hay un cartel que dice que la artista, mujer, que talló el las manos, tomó como modelo las suyas, así que el Cristo brasilero tiene algo de travesti).

Primero, a los tres, nos toma el frenesí fotográfico. Fotos aca, fotos alla, mirame que te saco una foto. La típica la tomo igual: yo abriendo los brazos, con la majestuosa y bonachona estatua detrás. Nos perseguimos. Tengo hasta videos filamdos de las vistas (me pueden explicar para qué, si el paisaje no se mueve). Cabellos al viento, como las modelos, pero enredado.

El aire es frio. Despacio voy dejando la cámara y me quedo parada, mirando. Podría quedarme todo el día. Hace mucho frio y yo con mi remerita escotada. Mientras se va nublando, me apoyo contra la varanda de piedra que mantiene aún el calor del sol. Es el abrazo de la piedra. Las nubes comienzan a atravesarnos, al Cristo no, le pasan por al lado. No llueve pero nos mojamos. Mis ojos quedan al nivel de la varanda, del lado menos lindo de Rio. Turísticos. La chica bonita que al lado nuestro habla en lo que suponemos árabe, debe tener mucho dinero, tal vez, es una princesa. No es la ropa lo que distingue acá arriba sino el tamaño del zoom.

No entiendo porqué al Cristo travesti lo hicieron con estigmas. Tal vez para recordar el dolor (y asegurar la redensión). Igual desde abajo no se ven, nadie recuerda el dolor cuando está en Ipanema tomando sol.

sábado 20 de septiembre de 2008

27 años II

A la mañana llegaron flores de Rosario via Cristian, facturas y llamados telefónicos. A la tarde, luego de los "parabéns" de meus colegas de turma, la cerveza al borde de la Lagoa y comida árabe (las ciudades grandes son así, cosmopolitas, la noche anterior había visto un espectaculo de danza flamenca).

Y después (para Mica que me preguntó que bebía) Lapa.

Lapa. Lapa. Lapa.

Es dificil hacer un ranking de las cosas que más me atraen de Rio.

Los arcos ahí en el medio y toda la gente abajo. Los puestos de comida y de bebida, los garotos que pasan con bandejitas ofreciendo shots de tequila. Hay cosas que superan el poder de mi imaginario, una de ella es Lapa. Entonces el "era como". Era como las antiguas Navidades de San Nicolas en la calle pero elevado a una potencia tal que el fenómeno muta cualitativamente. Gente, gente y más gente. No hay distinciones, todo se fagocita mutuamente. Lo grotesco: comemos unas salchichas enormes que vienen en un palito con cervezas (a lo que después le agregamos caipifruta (cachasa, leche condensada, frutilla), luego camarones fritos, luego cerveza y, finalmente, Cristian come, para reafirmar el caracter excesivo, un queso asado).

Cumplo 27 años y estoy en Lapa. Bailo zamba en la calle. No entramos a ningún local de musica ni a ningún boliche. No tiene sentido, lo que nos asombra está aca afuera. La mezcla, la gente, a musíca electrónica fusionada con la popular pero no por intención del artista sino porque los locales estan demasiado cerca. Todo esta demasido cerca, las cosas están demasiado cerca, el humo de la comida que me va a dejar con olor a grasa asada esta demasiado cerca penetrando todo. La fiesta parece extenderse interminable por las calles que se van cruzando. Sí, hay gente que trabaja, gente que recoge las latas de cerveza para hacer el mango. Es así. Rio es así. Pero aca, cuando todo se mezcla, los constraste se atenuan.

Cumplo 27 años y estoy en Lapa. Saudade, caipifruta, música, saudade. Extrañamiento formalista. Pienso en cada una de las personas a las que esto les haría brincar y dar vuelta el cerebro como a mí. Me imagino sus reacciones. Dan ganas de llorar, pero no de tristeza, sino porque no parece haber otra forma posible de asimilar todo, porque no encuentro en mi repertorio de reacciones anteriores ningún modelo para esto. Cumplo 27 años y estoy en Lapa. Parabéns.

viernes 19 de septiembre de 2008

27 años

27 años (y un mes en Rio). Acabo de pegar el metro desde Copacabana a Botafogo y luego la combinación a Urca, a las 11.55 de la noche, después de comer finalmente una pizza riquísima. Dicen que mañana va a haber sol (obsesión con el clima). La ciudad en ciertos tramos ya me es familiar.

Ayer, antesdeayer, en realidad, fui a la lagoa. Sí, no había ido aún. El mar me tira siempre hacia la sal y el sol. Las nubes estaban bajitas, se podían casi tocar por la manera en que se condensaban. Rio parecía de juguete. Al otro lado, los autitos pequeñitos con luces titilantes, los edificios superpuestos. Caminé rapido porque se hacía de noche. Fue un roteiro de turista, mirando los morros aún mojados. Hay cosas que no se entienden pero se comprenden: en medio de la mole de cemento con ruas demasiado estrechas que hacen que uno siempre este en un pozo de transito, la masa de agua. Ahí, interrogante. Todo el mundo corre alrededor, las ventanas de los apartamentos la miran expentates. Leer Benjamin en Rio, así se comprende la alegoría. Luego Luis Vuitton. Las carteras así, sin el glamur, no parecen tan impactantes.

Tengo entradas para Maria Rita. Todavía me falta colgar la ropa. Tengo 27 años (por suerte al lado tengo una clínica de cirugía plástica). Hace rato que no soy una nena.

martes 16 de septiembre de 2008

Zizi

Me gusta pasear en auto en San Nicolás, en Rosario y en Rio. El centro es otra cosa los días de semana, cuando está oscureciendo y alguien te lleva para que no tengas que adivinar donde bajarte.

Un lugar de la resistencia cultural, mas de 100 años: Rival. Luiza Pozzi (la hija de Zizi, con la que el presentador del programa de radio que se graba se la va a confundir). Estoy cerca del escenario, en una mesa, todo muy semejante a un filme. Solo me falta el vestido de Luiza, rojo brillante, y sus sandalias de tacos interminable. Rio, el paraiso de los vestidos. Quem não viu a onda do mar crescer. Tengo olor a queso en la manos y las luces de la ciudad en los ojos. As vezes é dificil ver as coisas boas que acontecem com você. Me fascina la música, no oigo los errores que luego le van a criticar. El empedrado de la calle lateral quedó afuera, ahora sólo está el telón rojo y los aplausos que el conductor que se equivoca nos pide para la grabación.Se você pensa que meu coração é de papel não é. Sus gestos son de nena caprichosa, sabe jugar su papel. No entiendo como se debería frasear una samba, mi oido no llega hasta ahí. Por que fazer chorar um coração que só lhe quer. Por que fazer chorar um coração que só lhe quer.

Me quedo sola en la casa tapada de cds. Haciendo copias para Iri y Mica. Escucho a Zizi. Soy la princesa de las novelas de Billiken en su palacio tropical, sólo me falta el vestido rojo de Luiza, sus sandalias de tacos altos, altos (y una tesis doctoral).

Santa Chuva

Sigue lloviendo. El mar se va a desbordar de la bahia y va inundar Urca. Los urcanos saldrán en sus veleros por las calles. Y yo me subiré a la alfombrita que no compré y me iré para no volver. Nunca.

Un perro llorando entró todo el día por la ventana.

sábado 13 de septiembre de 2008

Laurinda y feijoada




Mi pie queda al borde del bondinho. Yo quería ir colgada pero no. Por suerte. Los arcos de Lapa son altos. Yo tengo vértigo.

Santa Teresa. Un barrio bohemio, dice la pagina. Nuevamente un tiempo paralelo, corre más rápido que en el Jardín pero más lento que Botafogo. Rio dentro de Rio, como siempre. Voy aprendiendo. Mirar con los pies con mis ojotas little pixie. Subir y bajar por la casa de Benjamin Constant, por la callecitas del barrio siguiendo la marca del bonde. La casa de Laurinda. Me cuesta imaginarme en esas habitaciones, en el medio de los saraos como mecenas tropical. Cuando alguien me hizo elegir, yo quería ser Norah Langhe, ser la sirena y la viajera, mezclada con Victoria Ocampo (no Silvina, Silvina no la pasó bien). Sentarme en mi Jardín de Mar del Plata, de Rio.

Desde Santa Teresa se ve la ciudad. Literalmente, por cada rendija, por cada pasillo, el territorio se va encendiendo (Constant debería tener todo vigilado desde los patios de su casa). Una pollera de 25 reales turquesa con flores que no me entra (sólo por una uña) y una alfombrita tejida de 5 que no compro porque no se si a alguien le va a gustar (unas figuras de negras que me gustan, pero los precios son para turistas) No somos leves, comemos feijoada. Para tres decía, parece para cinco: arroz, frijoles, algo verde, calorías para dos semanas. La farofa sobra y como la naranja de sobremesa. Yo todavía tengo en el paladar el abacaxi con hortela. Luego una especie de samba en otro bar, estoy en el limite del sueño. Siempre me gustaría haber hecho más.

Escribo alborde de una caipirinha. Afuera, en Urca, aún hay música.

Contactos

Te miraré cuantas veces pueda.
Violaré tu intimidad sin que te des cuenta.
Cada vez que me lo permitas
Seré tu cronista, tu escribiente oficial.
perfumaré tus medias y tu ombligo.
Seré el vigía del borde de tus sueños.
Pagaré al señor presidente
-en tu nombre así no quedan dudas-
el diezmo que los poetas pagan
para seguir estando vivos.

(Ramos- Signes)

Iluminaciones

Acabo de percibir un modo en que me gustaría escribir, un modo que me permite tensionar las exigencias académicas y las articulación de problemas en acto que mi escasa inteligencia me permite. No es editable, creo que menos aún acreditable. Pero me permitiría articular, sin desarmar la tensión, mis hipótesis formuladas oralmente o via menssenger (donde creo que se juega mi escasa originalidad) y la moderación que se articula a través de la angustia de las influencias y del original y la copia.

No se donde escribirlo, lo escribo aca.

viernes 12 de septiembre de 2008

Los Auténticos Decadentes brasileños

En algún lugar sigo leyendo la ciudad con ojos extranjeros. Porque no dejo de esperar homogeneidad, y cuando no la hay, me sorprendo. Fui a Cinemathèque, un bar que queda en Botafogo, el barrio que no es el centro pero que es centro porque por ahí pasa la ciudad. De Urca a Botafogo no sólo se pasa un tunel, se cambia de estilo de vida: nadie corre, la gente toma sopa que compra en unos carritos en la calle. Primero AVA: música fusión, un montón de sonidos diferentes que se repelen y se atraen. Juegan con el ruido, el sonido justo en el límite de dejar de ser música y convertirse en ruido. La voz de la cantante es única: una voz gruesa que sintoniza con el chelo y contrasta con los otros sonidos que Daniel va sumando detrás. Ciertos tramos se vuelven violentos: se busca cierta reacción, corporal no mental.
Y de ahí, luego de un intermedio de música tipo años 20, Rubinho y Força Bruta. Todo pegado con chicle. Música popular brasileña, al menos eso dice la página (que yo no había leido). Y de repente, yo que esperaba otro trip de música de vanguardia, me sorprendo: son los Auténticos Decadente brasileños!!! (dos aclaraciones ante esto: primero, a mi me encantan los Auténticos; segundo, pensar que es solo más música barata es un error, con Juan tenemos todo una teoría sobre eso, por lo cual la comparación encierra un núcleo de valor). Ahí no hay violencia, hay puro gozo (y nadie desdeña el gozo por ser sólo eso, gozo; incluso cantan juntos, AVA y Rubinho). Bailé y salté hasta que terminaron de tocar, justo en el mismo momento en que mis sandalias, aunque eran las cómodas (maldito sobrepeso del avión), me empezaron a lastimar los pies.
Solo una cosa más, un viejo trauma infantil (desde el “punta, taco, punta” y el vestido azul de Mica): todas las chicas tenían vestiditos. Yo no tengo. Voy a ver como me las ingenio para comprarme uno, pero yo a Rosario no vuelvo sin vestido.

jueves 11 de septiembre de 2008

Entre el barroco y el estado ameba

Ya hace casi un mes que estoy en Rio. Los días pasan rápido, cuando no sento saudade. Ncesito repetirlo para que no se escape: ya hace casi un mes que estoy en Rio. Entonces agarré mi bolsito y me fui para Copacabana (es menos bonito que Ipanema pero a mi me atrae más, las playas son más amplias, los olores más diversos, los precios más baratos). Alquilo una reposera, porque pienso quedarme toda la tarde, y voy al mar. La otra vez que escribí que me había metido al mar no era cierto (sí pasó pero no era cierto): 31 grados, ni una gota de viento, ni una sola nube, el agua no está caliente pero no es Mar del Plata y hay unas olas enormes (el mar sin olas no es mar). Tomar sol después de que te revolcaron las olas sintiendo que la sal se seca en la piel para mí es sinónimo de paraíso (para mamá no, a ella le arde la piel cuando pasa eso, por suerte heredé otras cosa). No camino, vegeto al sol. Soy una ameba brasileña.

La obra que vi el martes fue delirante (Ensaios de mulheres, Cia. Atores de Laura). Fuimos de graça, es decir, no pagamos un mango porque nos consiguieron entradas. Hombres disfrazados de mujeres, que hacían de mujeres. Delirante. Entiendo todos los chistes. Hay un flaquito que tiene unas piernas como fósforos. De lejos, con mi miopía, parece una mujer. Entran y salen del papel; se dirigen al público como hombres, hablan entre ellos como mujeres. Ese es el centro: el como. En Argentina no entendemos nada de simulacros, de máscaras, de alegorías barrocas. Solamente tenemos a Evita. Acá tienen a Silviano Santiago, nosotros tenemos a Piglia. Más allá del exotismo, en ese sentido Brasil es mucho más interesante. Si hablamos sólo de la estética, de las imágenes articuladas (de eso se trata mi trabajo para uno de los seminario) me gusta más la antopofagia de Andrade, la agresividad burlona, que la mirada estrábica de Echeverría o los epitafios Martinfierristas.

Encima tienen los salgados y los suco (hoy probé abacaxi com hortela, es decir, anana con menta) y esas ensaladas riquísimas con pasas de uva. No extraño la carne. La lógica futbolera se impone. Los negocios de sucos brasileños le ganan lejos al Laurak.

martes 9 de septiembre de 2008

Horario electoral

Alrededor de las 13, todos los canales de Rio dejan un espacio gratuito para la publicidad electoral. Si alguien no le creia a Canclini cuando hablaba de marketinización de la política y de la categoría de ciudadano perdiendo límites, mezclando sus límites con la de consumidor, es porque nunca estuvo en Rio en víspera electoral. Es como un Sprayette de candidatos para vereador (una especie de concejal). Como Brasil sí implimentó la tecnología en el voto, parece que uno no tiene que optar por una o otra lista sábana sino que puede digitar el númerito de producto que le ofrece el televisor.

Entre "25123 - Adriano para vereador" y el tal Adriano al lado de un muñeco que lo replica con una cabezota enorme (que después el mismo futuro vereador (porque por el espacio que compro en la gratuitidad seguro que gana) se pone como si fuera una mascara, duplicando barrocamente el simulacro) y el "No de nuevo, decía!!!!" de la famosa píldora, parece no haber mucha diferencia (no estoy hablando de la propaganda política en general, ni callendo en la idiotez de la utopia manejada por ciertos sectores de que es posible democracia parlamentaria sin demagogia, sin propaganda, solo estoy dicendo que, en su concentración y en su forma, esto está mucho mas alla y es muy distinto a Macri abrazando al chico de la villa).

Un obrero tira un ladrillo, se da vuelta, mira a la cámara y dice "25123 - Adriano para vereador". Después en el noticiero que a nosotros nos suena a falso por el énfasis del acento, dice que el salario de un negro es la mitad de el de un blanco, alrededor de unos 550 reales (recuerden la blusa de 267 reales que no es sólo de Urca sino que se repite en Ipanema y en las bermudas que Critian se quiere comprar pero no puede porque la más barata sale 80 reales en Gavea). Lo raro es que el reclamo que se repite es el tan noblemente elevado de la educación, no se escucha el de salario digno ¿segmentación del sector entrevistado o ciertos valores que todos compartimos convertidos en telones que nadie descorre?

No estoy criticando al gobierno de Lula, conosco demasiado poco como para criticarlo. Ni defendiendo a los narcotraficantes de la fabela (ni a Cristina, a la que escucho en el subtítulo en portugués). Solo estoy narrando un almuerzo, en el que me di cuenta de que no me gusta el apio y en el que se construyó otra experiencia de extrañamiento cultural. Cristian dice que alguna vez esos morros que miramos a la noche cuando corremos van a bajar sobre la ciudad, van a quemar todo con sus luces que titilan. Yo lei a Mike Davis. Y no estoy tan segura, lamentablemente, de que esa utopía se realice. Las ordas bárbaras pueden aguantar mucho, mucho más.

Me voy a encerrar en las estancias de Agamben (tal vez, si conseguimos un precio accesible, hoy vaya al teatro).

domingo 7 de septiembre de 2008

Rio obliga a cambiar la música del mp3

Dos ciudades en 9 horas. Una el Rio del centro, otra, bonus track de Ipanema con el agregado del contraste y del caminar por la playa de noche porque disfrutamos de unos 26 agradables grados. Se puede volver en omnibus desde Ipanema a Urca a las 21.30: ningún ladrón se arriesgaría a quedar encerrado en el predio militar por robarle a dos extranjeros que ni siquieran tienen cámaras con zoom.

Primero pensé en omitir la referencia literaria, pero eso hubiera sido censura. La feria que nos recomendó Denisse queda en el centro de Rio, cerca del lugar en el que me faltó el paraguas. Es el Rio que las dos viejitas de la novela de Puig temían y deseban, al que no se animaban a ir, sobre el que chusmeaban. El clise carioca hecho realidad: personas que bailan en la calle, gays demasiado gays, objetos chillones, gente que hace capoeira, música en vivo (y en parlantes). El colectivo nos deja lejos, así que tenemos que caminar varias cuadras, lojas viejas, la mayoría cerradas, restaurant con comida grasosa y un cine porno que incluye streapers en un teatro viejísimo que se salvo de ser templo evangelista (adquiriendo un destino mucho más noble). Cristian, Link, Cristina y yo estamos en Brasil. Nosotros dos tomamos cerveza en un bar que se cae a pedazos y en el que una chica te ofrece mani dejandotelo en un papelito diminusculo sobre la mesa por unas monedas. Cuando vengan, tomen Cerveja Antartica (o algo así), no le encotramos parecido con ninguna argentina. No hay objetos lindos en la feria, es un todo que se suma y crea un ambiente (Crítian no quiere entrar a un bar en el que no se ve para adentro (unas puertas viejas superpuestas hacen de pared) porque tiene miedo de que lo encierren y lo obliguen a comer, yo porque tengo miedo de que nos arranquen la cabeza con los precios).

De ahí un colectivo a Ipanema. La playa. El ruido es otro, el olor es otro, el aire que me humedece la piel es otro. Llegamos justo a la hora que a mi me gusta (si el carioca fuera menos mugriento el espectáculo sería mucho más bonito). Después me compro las ojotitas dorada que quería. Little Pixie. Y de ahí a a La Travessa. Donde tienen un descuento para Lispector de 15%. Compro al azar Água Viva. el libro de Marcal Aquino que quiero sale caro por el tipo de edición en papel ilustración y con dibujos, lo compro igual, no se muy bien por qué (pude decir lo que busco, aunque no se si lo encuentre). Todos los libros que quiero salen caros. Comemos en otra parte y volvemos.

En el colectivo discutimos sobre si existen parámetros que hagan más legible un libro, no esenciales of course, sino en relación a ciertas características sociales. Le propongo a Cristian el siguiente experimento, para el que ambos acordamos sería interesante obtener subsidio: crear dos libro de autores desconocidos, uno tipo El limonero Real y el otro tipo Codigo da Vinci (la idea sería pensar primero cuales son los lineamiento que podrían hacer hoy, para un cierto sector de público, un libro más legible); luego una operación de prensa similar para ambos: algún premio, afiches, entrevistas con el escritor (deberán ser dos escritores que tengan el mismo felling con la cámara), primer lugar en las mesas de las librerias, un artículo de Sarlo a favor de ambos diciendo cosas semejantes, etc. La pregunta es: ¿ambos libros se venderían por igual? Cristian piensa que si, yo pienso que no (el boca a boca es fundamental en la difusión de un libro, aunque siempre esta ahí abriendo un signo de interrogación la novela de Pauls).
(A veces escribo en el cuadrito de Blogger y otras en word, se podría hacer una pesquisa sobre el impacto del soporte)

viernes 5 de septiembre de 2008

Humedad

Cuando está por llover la universidad se llena de nubes. Parece que llueve pero no, son las gotas condensadas en el vapor que van rozando la piel hasta humedecerla.
No me gustan en general las frutas tropicales, al menos las que probé hasta ahora (el otro día con Cristian hicimos un degustación intensiva, tuvimos que tirar todo).

Hay dos ritmos discordantes: el de todo lo que me rodea y el de la entrega de los trabajos (también, en un espacio diferente, el de la vuelta). Literalmente, voy saltando entre ambos. Por eso voy al jardín botánico un jueves a la tarde. El weather channel es mi amigo (aunque hoy se equivocó).

(Reflexión idiota: cuando leo tanto Derrida me da la impresión de que no podría nunca leer Brasil, acá está todo demasiado cerca, no hay delayed: la humedad, las hojas, la pobreza (no tanto la pobreza, estoy demasiado lejos de la fabela, pero sí el ascensorista que me sube hasta el quinto piso mientras lee un libro evangelista). Seguramente esto ya lo dijo alguien. No me interesa)

jueves 4 de septiembre de 2008

Sobre el exceso: Jardín Botánico





Para Juan


Nuestra escala de percepción no está acostumbrada a las magnitudes de Rio, al menos de la ciudad que yo de a poquito voy experimentando. Desde el revuelto de camarones que como en el restaurant que queda justo abajo del departamento de letras, pasando por cada uno de los salgados, los zucos, los abacaxi, siguiendo por el tamaño de la universidad, la cantidad de vegetación y los colores de la ropa hasta el tránsito, el sueldo mínimo de personas que me rodean sigilosas todos los días (desde el señor que cobra los boletos en el ómnibus hasta la ascensorista que me explica como decir que voy al subsuelo), y el hecho de que la empregada que trabaja acá en lo de Silvia me doble y ordene la ropa, todo es excesivo (demasiado rico, demasiado grande, demasiado impactante, demasiado hermoso, demasiado pesado, demasiado poco, demasiado servicio).

Entonces el Jardín Botánico. Uno se prepara, porque sabe que la experiencia va a ser única, o al menos eso es lo que le han dicho, y luego se está allí, en medio del calor húmedo que se potencia en los invernaderos, y los sentidos no alcanzan (no es que sólo las palabras no sean suficientes, hay una imposibilidad humana para asimilar tanto, o al menos, para evitar disquisiciones epistemológicas, una imposibilidad personal). Es demasiado. Camino hasta cansarme. Camino, camino, camino. Subo, bajo, paro, miro, sigo. Trato de controlar la cámara, soy antigua en eso, quiero ver yo y siento que el estar pendiente del disparo inhibe algo. Hay secciones especiales para cactus y orquídeas y unas palmeras de troncos largos que marcan un camino. Y acá viene lo cursi, y no sólo porque pienso que le voy a tener que preguntar a Juan cuando florecen las orquideas para volver y verlas florecidas (y miles de cosas más: se me quedaron muchos por qué esto en la punta de la lengua) sino también porque no sé como mediar la experiencia. Toco las ramitas, me pincho con las puntas de los cactus, me mojo el pie en un arroyito, intento percibir los colores, y los sonidos de la vegetación, del agua, de los pájaros. Me confundo una garza de verdad con una estatua. Hay una tranquilidad paralela que se vive ahí adentro, es otro tiempo: todo estuvo mucho antes y seguirá estando mucho después. Rio ahora si está verde, supongo que si uno vive mucho tiempo acá comienza a diferenciar más matices (o no, el sueldo mínimo sólo alcanza para vivir en la parte de debajo de la favela).

Al final, cuando con Cristian ya estamos casi en el límite de “estar muertos” vemos a la actriz rubia de Lazos de Familia (“la que se aprieta al bombón”). Cristian no se anima a hacer un performance y pedirle una foto (lástima, la instantanea con la rubia hubiera sido una buena anécdota). Yo no vi la novela, soy más adicta a las serie norteamericanas (y creo que al inglés, aunque el portugués tiene ese exceso fascinante). Creo que Juan sí la vio.


[Subo fotos en las que estoy yo, porque, según reclama la China, está bueno que yo esté en alguna. Tengo una sensación casi obvia: los colores no son tan fuertes como son en realidad (el sol molesta bastante debo decir a mi favor). Justo para uno de los seminarios estoy trabajando con un relato con imágenes]


miércoles 3 de septiembre de 2008

Potus




Para mamá: acá, aunque no los pisen, los potus se usan como pasto (también desarrollan unas hojas enormes alrededor de los troncos de los árboles).

[Fotos: minha universidade]

Primeras veces

Hoy, por primera vez, hizo verdaderamente calor.

Fui a sacarme la foto para mi identificación (soy pesquisadora (¿en serio? nadie me llamó así antes; esperemos encontrar algo para pesquisar)).

Me metí al mar, por primera vez en Rio de Janeiro, en otro país del cono sur (antes ya había nadado demasiado cerca de los tiburones, con todos los dólares en el bolsillo).

lunes 1 de septiembre de 2008

Detalles

Aquí nadie te saca fotocopias en doble faz. No importa que yo balbucee algo sobre o peso da minha mala, nadie te saca fotocopias doble faz. Entonces uso la parte de atrás como hoja de resúmenes, porque vi el precio de los cuadernos y no quiero comprarme otro. Pero el resaltador que me compre me gusta, es decir, creo que ya halle "mi" marca de resaltador, y también son adorables los ganchitos para las hojas, que a gente me regala.

Otra cosa: el salero. La única manera de comprar sal, al menos por lo que vi hasta ahora, es comprarla en unos saleritos de plástico que tienen dibujada una carita y cuya tapita asemeja a un sombrerito. El mio todavía no tiene nombre, me da lastima pensar que lo voy a tener que tirar (me hace acordar a Leopoldo, tal vez nos tendriamos que comprar un perro).

Una tarde cultural

[Domingo]
Algo raro me pasa particularmente con la pintura y la escultura, que no es mi primera reacción ante un libro o una película: me atrae su poder aurático. Que esté ahí, que sea la única. Gonzalo Ivo, por ejemplo: enorme telas a rayas de colores, pequeñas estructuras de madera. Mi primera impresión es, ante la falta de ese poder, de adolescente, son sólo líneas. Luego hay una que sí abre un espacio, como dice el texto en la pared. Abre un espacio con los mismos colores que ayer me fascinaban en una experiencia mucho más banal: mirar infinitas lojas de ropa (el shopping de Rio se distingue justo por eso, por los colores de las vidrieras (definitivamente me voy a llevar una prenda que diga estuve en Rio, pero no va a ser esa blusita de seda que cuesta 260 reales y que la vendedora me muestra amablemente pensando que soy extranjera, sin darse cuenta que soy una obrera más)). Salgo de la sala de Ivo, en el Museo Nacional de Bellas Artes, y hay una serie de reproducciones de estatuas que están en el vaticano y etc. El aura se esfuma definitivamente, parecen tener simplemente la función de que uno sea más culto.

Mi experiencia con el museo fue del arte como refugio. En realidad, de las cuatro paredes que sostiene el ritual artístico apartado de la cotidianidad como refugio. Cinelandia (así se llama a la plaza que está en el centro de Rio en torno a la cual se distribuyen el museo, la biblioteca y edificios viejos y ahora gubernamentales) no es bonita los domingos. Y menos si no se tiene paraguas porque una piensa que Rio es como Rosario y que si en Urca salió el sol debe haber salido en toda la ciudad. La plaza y las laterales no están solo gris sino ocupadas por mendigos (ésta es la palabra popular aquí no la alta como en argentina) que cocinan, que duerme o que gritan cosas por un altavoz. No puedo evitar sentir cierto temor cuando me quedo sola en alguna cuadra y paso toda arregladita para ir al teatro. Yo también me detestaría.

En el teatro me siento en la galería, que es como un gallinero mejorado. La vista desde arriba es increíble: el teatro es bellísimo. Voy a ver un espectáculo de danza del Grupo Corpo (danza contemporánea brasileña). Puede que nadie haya dicho nada y que yo no sea experta en danza (o que ésta sea mi obsesión) pero un eje fundamental de la primera parte es el tiempo, el transcurrir del tiempo. Van del monocromo al exceso de color, de la repetición de un solo movimiento a la multiplicidad de cuerpos que se cruzan, de la lentitud a la velocidad. Con la miopía todos los límites corporales se difuminan. Hay una escena que es perfecta, que está en el punto justo antes del clise: una de las bailarinas camina lentamente en dirección opuesta al resto. Son cinco minutos de pasos lentos, hasta que todos rápidamente vuelven hacia atrás. La música es monótona y penetra el cuerpo, lo adormece (creo que en ese momento tenía fiebre).

Que todos los movimientos que a primera vista parecen caóticos combinen siempre en perfecta coordinación puede ser conservador, dar una sensación de satisfacción que impida una respuesta (es imposible evitar la fascinación por ese cruce perfecto en que, aunque amenaza, nada se sale del cauce). Hoy, lo conservador en este sentido no me molesta.

sábado 30 de agosto de 2008

Existencia

viernes 29 de agosto de 2008

I love Urca





Subir al Pan de Azucar cuesta 45 reales, asi que las únicas vistas van a ser de abajo, desde mi lonita cuadrille que compite con las coloridas brasileña.
Hay una cotidianidad que se va construyendo, una cotidianidad que incluye los paisaje que publico arriba y el solcito que me da en la cara cuando espero el cole para ir a la Puc, y me enojo porque no viene y luego me acuerdo que estoy en Rio (así sin acento). Y que mude mi pagina de google a google br. Y que el microfonito de mi notebooki se pierde en la alfombra del living. Prueba de estó es que hoy me entredormí en el colectivo (el tráfico es una de las cosas feas de esta ciudad) sin temor a perder mi punto de omnibus. Creo que este va a se mi barrio preferido [todas las fotos de arriba corresponden a Urca o a las vistas que se tiene desde Urca, la playa queda a dos cuadras de donde estoy].
Hay dos momento de extrañamiento lingüístico que insisten: cuando escucho a uma crianca decir mamá y no entiendo como puede ser que lo diga así, sin español, y cuando me levanto y abro la ventana y siento algún grito que no entiendo (el teclado de mi compu no tiene c cedilla como el de la PUC no tiene ñ (ahora que lo pienso es mi primera experiencia sin la ñ, no la extrañé demasiado)). Después perviven los saltos entre fronteras.
Esperemos que la semana que viene me den mi carterinha, así puedo acreditar mi identidad.

Interlinguam en presencia

La ventana del onceavo piso abre la pared al morro. No se conoce Gavea hasta que se la mira desde el onceavo piso de la PUC y se percibe el macizo verde que rodea la universidad. No hay árboles, solo un verde inmenso al que el edificio pone límites. Es en ese momento cuando desapareció la sensación de estar perdida en la universidad. Hoy sábado cuando llegué y no había nadie y me pude ubicar entre los más que múltiples edificios.

Yo me siento mirando hacia la ventana, justo enfrente del profesor. El profesor es alemán, da clases y vive en Stanford y habla portugués, que luego me entero que es portuñol, y responde mis preguntas en un castellano que marca las zetas. Algo similar ocurre en mi cabeza. Me hablan en portugués, leo en inglés, pienso en español y hablo un casi portuñol, que todo el mundo parece entender. Gumbrecht desglosa palabras en alemán en el pizarrón, habla de la presencia, de la posibilidad de una epistemología alternativa a la epistemología cartesiana de la interpretación que suponga dejar de pensar lo real como inaccesible. Yo no puedo dejar de pensar en mi tesis y no sólo en la inestabilidad de mi corpus sino en el cuerpo que reaparece en las novelas de Pauls, en el folletín, el género por excelencia de la conmoción, en Bizzio, la tensión entre ausencia y presencia en Chjefec.

Cuando el señor que cobra los boletos en el ómnibus me dice que nao teria que ficar em ese ponto de ómnibus sozinha, porque los carros de policía están lejos, o al menos eso es lo que entiendo, los contrastes se acentúan. Subiendo desde la PUC está la favela A Rosinha. Solo viven en medio del verde aquellos que tienen suficiente dinero como para pagar seguridad.
En el poema de Girondo que me manda Ale nada dice que de noche los morros se encienden. Eso es lo que veo la primera y por ahora única vez que salgo a correr por Urca, desde afuera, desde el otro lado de la bahía, por un camino (supongo que para ejercicio de los militares) que rodea el mar, seguro. Como en San Pedro selecciono las casa en las que me gustaría vivir (gana una con un señor escribiendo en su computadora sobre un fondo de libros en una ventana enorme, la obviedad es exasperante). Encuentro también el bar donde voy a ir a tomar cerveza con Cristian.

De Ipanema, a donde fui el domingo, más que la playa (que es bellísima, pero en la que todavía hace frio, y por la que caminé más de dos horas) me quedaron las carteras. Inaccesible por el cambio del real (lo que sí creo que me voy a comprar, si no es muy caro, es la cartera que se hace “lona”). También un jugo de frutilla. Comencé a degustar los sabores de Rio. Una ensalada horrible de manzanas (evidentemente no sirvo para lo agridulce, por más que intente abrirme a la multiculturalidad) y salgados riquísimos (adoro la profusión de cosas estilo sándwich y el cafezinho pequeñito que se puede comprar en la PUC). Además, obvio, ananá, todo el tiempo y a toda hora. A veces tengo la sensación de no saber muy bien lo que estoy haciendo, después me acuerdo que estoy en Rio (que las playas no tienen banderitas que avisen el estado del mar ni carpas como en Mar del Plata, que los semáforos están antes del cruce de la calle no enfrente) e fico muito feliz (no hay nada más lindo que dormirse al sol al lado del mar).

lunes 25 de agosto de 2008

Primeras vistas de Urca



Estas son las vistas de Urca desde mi dormitorio! (no hacen justicia a lo lindo que es el lugar pero todavía no tuve tiempo de sacar nuevas fotos)